El 4 de agosto del año pasado, hace apenas 9 meses, Iván Duque afirmó en medio de una entrevista que “una reforma tributaria en tiempos de pandemia sería suicida”. No se equivocaba. Con la pobreza y el desempleo en sus más altos y alarmantes niveles de la últimas décadas y dada la dramática situación que viven gran parte de las familias colombianas que solo tienen para una o dos comidas al día, presentar una reforma tributaria no solo era inviable desde cualquier punto de vista, cosa que el gobierno tenía claro desde el principio, sino que era una provocación para que la gente saliera a manifestarse en pleno pico de la pandemia.
Pero la presentaron. Y la presentaron sin eliminar los beneficios que hoy tiene los más ricos; sin tocar a los banqueros; sin gravar a los grandes patrimonios ni a las grandes herencias; o sin incluir el impuesto a la tierra improductiva para los grandes terratenientes. En lugar de ello, proponían gravar la sal, el chocolate y el café, porque como lo dijo el ex Viceministro de Hacienda Juan Alberto Londoño, esos alimentos “no son absolutamente necesarios para los colombianos”.
Es decir, el gobierno proponía empobrecer más a los más pobres con la excusa de ayudarlos. Demagogia pura. En ese contexto el Paro Nacional más que una posibilidad, era una absoluta certeza. Y la gente salió, y salió cansada pero indignada. Cansada por los encierros, por las largas cuarentenas, por el fracaso del proceso de vacunación, porque ya ni el rebusque diario es posible porque el país está sumido en la pobreza y en la desigualdad; pero también indignada porque el gobierno los dejó solos, porque los mercados que les enviaron solo alcanzaron para las primeras fotos, porque mientras sus pequeñas empresas quebraban sin ningún tipo de ayudas, los bancos nunca cerraron siquiera durante la pandemia. Si alguien cree que el Paro Nacional es por un proyecto de ley, no ha entendido nada. Colombia es una olla de presión y el gobierno es el gran responsable.
Es cierto, nadie pudo prever la aparición de la pandemia y su impacto es innegable, pero eso no le quita nada de responsabilidad a Alberto Carrasquilla, quien nunca debió ser Ministro de Hacienda, que en lugar de proteger la economía y ayudar a los más afectados en estos momentos de pandemia, aprovechó la situación para proteger los intereses de los banqueros.
Lo cierto es que la terquedad de Iván Duque para no retirar la reforma tributaria la semana pasada, la decisión de la magistrada Nelly Villamizar de pretender suspender las manifestaciones, el uso de la fuerza del Estado para reprimir las manifestaciones, el nombramiento de Juan Alberto Londoño, quien fue mano derecha de Carrasquilla y coautor de esta Reforma Tributaria, como Ministro de Comercio y la violencia que hemos visto en Cali y en otras ciudades, es fuego para esta olla de presión. Y una olla de presión solo tiene dos formas de liberarse: o con pequeños movimientos que permitan poco a poco salir el vapor, o de un estallido.




