“…Los archivos desclasificados de la CIA y los documentos periodísticos del escritor y periodista Abel Basti afirman que Hitler llegó a Colombia con el visto bueno del general Gustavo Rojas Pinilla…”
Algo que la historia intentaba ocultar, pero en este mundo nada queda escondido; todo se sabe, así demoren años en su difusión. Los escritores de la época no se atrevían a divulgar historias del momento, y por temor ocultaron lo que se sabía de un tal Adolf Hitler. A pesar de que en sus conciencias retumbaba lo que verdaderamente sabían del Führer —que era un dictador, criminal, enfermo mental, amante de la pornografía y el sexo masoquista—, también se conocía su horripilante tendencia homosexual y coprófaga, es decir, que le gustaba alimentarse de excrementos de animales, además del placer que sentía cuando una dama orinaba o defecaba sobre su humanidad. Todo ello enmarcado en lo que hoy se considera como el perfil de un psicópata neurótico con síndrome de esquizofrenia aguda.
El Führer, cuyo verdadero nombre fue Adolf Schickelgruber, gobernó la Alemania nazi entre 1933 y 1945 con una personalidad primitiva y un odio visceral hacia los judíos. Ese odio lo desarrolló siendo soldado en la Primera Guerra Mundial (1914-1918), ya que, al perder la guerra, consideró que la derrota del Imperio Alemán se debió a una supuesta traición de miembros de su ejército, entre los que había judíos y comunistas. Según su retorcida visión, ellos colocaron un gobierno de izquierda para finalizar la guerra, acto considerado por la historia como “una puñalada por la espalda a los alemanes”.
A esa esquizofrenia aguda se le agregaban otras enfermedades que lo hacían un monstruo al mando del poder: paranoia necrósica e histeria, males que ponía descaradamente al servicio de su régimen sin aceptar crítica alguna, por ser un criminal arrogante y compulsivo, con complejo de Edipo y una impresionante sifilofobia. No aceptaba que se le acercara mujer alguna, por temor a que solo con el sudor o el aliento pudiesen contaminar su “sangre pura”.
Lo que Colombia mira con estupor son las confesiones del periodista y escritor argentino Abel Basti, quien lanzó en la Feria del Libro de Bogotá su cuarto libro titulado Los secretos de Hitler, donde narra los años en los que, según él, el máximo líder del nazismo vivió en Sudamérica y Colombia.
Pero no todo fue como lo difundió el supuesto nuevo líder del Reich, el almirante Karl Dönitz, el 1 de mayo de 1945, cuando anunció que Hitler se había disparado en la cabeza con su propia pistola, y que su esposa Eva Braun había ingerido veneno. Supuestamente, todo ocurrió en el búnker donde se refugiaban, y para evitar que sus restos fueran expuestos, fueron incinerados por su guardia militar. Sin embargo, el cráneo que decían pertenecer a Hitler —con el disparo en la cabeza— resultó ser, según análisis de ADN, un cráneo femenino desconocido.
Un suceso poco creíble, ya que otras versiones aseguran que el susodicho, junto con su esposa, abordó un avión privado rumbo a España, y desde allí tomó uno de sus submarinos para viajar cómodamente a Latinoamérica, cargado de dinero y joyas, con destino final en Argentina y Colombia.
En Colombia, dicen las malas lenguas, sus simpatizantes gozaban con su presencia, sacaban pecho y no les importó sentarse al lado del criminal y enfermo mental más grande de la historia, creador de los campos de concentración y exterminio, diseñados para asesinatos en masa. Más de cuatro millones de judíos fueron engañados y asesinados con gas y fusilamiento.
La triste historia de este asesino, amigo de algunos colombianos, inició en 1933 con el primer campo de concentración llamado Dachau. A partir de 1936, la enfermedad mental de Hitler desembocó en miles y miles de muertes en los campos de Sachsenhausen, Buchenwald, Mauthausen, Flossenbürg y Ravensbrück, especialmente de judíos, continuando con Auschwitz-Birkenau, Chelmno, Sobibór, Treblinka, Bełżec, Majdanek, y pare de contar.
Los archivos desclasificados de la CIA y los documentos periodísticos de Abel Basti afirman que Hitler llegó a Colombia con el visto bueno del general Gustavo Rojas Pinilla, entre 1953 y 1954, y que en Tunja fue acogido por intelectuales, académicos, militares y dirigentes conservadores con tendencias nazis, encabezados por el exrector de la Universidad Pedagógica, Julius Sieber. Las cosas de nuestro país. Esperemos que no hayan quedado residuos ideológicos de este asesino mundial.



