El 17 de enero de 1980 amaneció en Sincelejo como amanecen los días grandes: con un ruido distinto. No era todavía el estruendo de la multitud ni el bramido de los toros, sino un murmullo espeso que empezaba a recorrer la ciudad desde temprano. Era una mezcla de expectativa, comercio y ese desorden alegre que anunciaba fiesta. Las corralejas ya se imponían como el centro de gravedad de todo. Faltaban tres días para la tragedia, pero nadie hablaba de peligro. Se hablaba de toros, de palcos, de quién venía de Montería o de Barranquilla, de cuánto costaba la boleta y de dónde se conseguía mejor sombra.
En mi memoria de niño, ese día tiene colores. El amarillo intenso del sol cayendo temprano, el polvo levantándose con cada camión que entraba al pueblo, el rojo de las camisetas, el marrón áspero de la madera que empezaba a cercar el espacio donde se levantaba la plaza. No era una estructura nueva; se sentía vieja incluso para mis ojos pequeños. Pero en Sincelejo lo viejo convivía con la fiesta sin preguntas.
Mi padre, don Silverio Herrera Arrieta, había llegado días antes desde la finca. El ritual apenas comenzaba. El 17 fue un día de diligencias y encuentros. Se saludaba a la gente conocida, se hablaba de ganado, se cruzaban comentarios sobre los toros que entrarían al redondel. La corraleja no era solo un espectáculo: era punto de reunión social, vitrina de estatus, escenario donde el pueblo entero parecía encontrarse. Yo caminaba a su lado, escuchando conversaciones que no entendía del todo, pero sintiendo que algo importante se acercaba.
Ese jueves, la ciudad ya estaba desbordada. Los hoteles no daban abasto. Muchas casas improvisaron cuartos; otras simplemente tendieron hamacas. El comercio informal se tomó las esquinas: raspao, fritos, aguardiente. Nadie hablaba de seguridad. Nadie miraba hacia arriba para preguntarse si aquello resistiría. La mirada estaba puesta al frente, en la fiesta que venía.
Recuerdo pasar cerca de la plaza en construcción. El sonido era seco: martillos golpeando, clavos entrando a la madera, tablas arrastradas. Hombres subían y bajaban con trozos de madera al hombro, sudados, apurados. No había planos visibles, ni cintas de advertencia, ni autoridades supervisando. Solo trabajo rápido, porque el tiempo apremiaba y la fiesta no espera. Desde la calle, la gradería crecía como crecen las cosas hechas a la carrera.
Ese 17 de enero no ocurrió nada extraordinario. Y precisamente por eso es importante recordarlo. Fue un día normal dentro de la anormalidad festiva. Un día en que todo parecía funcionar. Un día en que la ciudad se entregaba a su rito anual sin fisuras aparentes. Nadie imaginaba que ese mismo lugar sería, en cuestión de días, escenario de gritos, sangre y silencio.
En casa, la conversación giraba alrededor de lo de siempre: a qué día iríamos —porque íbamos a todos—, desde qué palco se vería mejor, quiénes nos acompañarían. Mi madre organizaba la ropa. Mi padre calculaba horarios. Yo esperaba con la impaciencia propia de los niños, sin entender del todo el significado de la corraleja, pero contagiado por la expectativa general.
Ese jueves también fue día de llegadas. Buses atestados, camiones adaptados, carros particulares cargados de gente. Sincelejo parecía crecer de golpe. Las calles se estrechaban. El calor se hacía más pesado. Todo empujaba hacia un mismo punto: la plaza. Era como si la ciudad entera caminara, sin saberlo, hacia su propio destino.
Con los años he vuelto mentalmente a ese 17 de enero. No para buscar presagios ocultos, sino para entender cómo funciona la tragedia: casi siempre se anuncia con normalidad. Nada se rompe antes. Nada suena distinto. La vida sigue su curso, y por eso el golpe posterior resulta insoportable.
Ese día no hubo alarmas. No hubo gritos de advertencia. Hubo risas, negocios cerrados con un apretón de manos, promesas de verse “mañana en la corraleja”. Hubo madera crujiendo bajo el sol, pero nadie escuchó. O nadie quiso escuchar.
El 17 de enero quedó grabado en mi memoria no por lo que pasó, sino por lo que no pasó. Porque fue uno de los últimos días en que Sincelejo celebró sin heridas. El último día en que mi infancia miró la fiesta sin miedo. El último día antes de que la madera, callada y paciente, empezara a cobrar su deuda.
La ciudad siguió adelante. El calendario avanzó. El 18 y el 19 traerían más gente, más ruido, más peso sobre las tablas. Pero eso aún no lo sabíamos. El 17 fue solo espera. Y en la tragedia, la espera también forma parte del relato. El esperado 20 de enero ya estaba cerca.



