En medio de las incertidumbres que atraviesa nuestra nación, donde el ruido de la confrontación parece imponerse sobre la sensatez, resulta necesario hacer una pausa, levantar la mirada y recordar que la fe continúa siendo uno de los refugios más firmes del ser humano. Colombia vive tiempos complejos: la polarización política, la inseguridad en diversas regiones y una sensación colectiva de desasosiego han marcado el ánimo nacional. Sin embargo, como creyentes, estamos llamados a no perder el rumbo ni la esperanza.
La Biblia nos recuerda en el libro de Eclesiastés 3:1: “Todo tiene su tiempo, y todo lo que se quiere debajo del cielo tiene su hora”. Esta verdad nos invita a comprender que incluso los momentos más difíciles pueden tener un sentido dentro del plan de Dios. No podemos ignorar que el pasado reciente ha dejado heridas profundas: promesas incumplidas, decisiones cuestionadas y un país que clama por justicia y equidad. Pero también es cierto que cada etapa trae consigo la oportunidad de aprender, reflexionar y corregir el camino.
Hoy, en el presente, enfrentamos el desafío de no dejarnos arrastrar por el odio ni por la desesperanza. El apóstol Pablo nos exhorta en Romanos 12:21: “No seas vencido de lo malo, sino vence con el bien el mal”. Esta exhortación nos invita a actuar con rectitud, incluso cuando el entorno parece conducirnos en sentido contrario. En medio de la crisis, el cristiano no puede ser indiferente, pero tampoco puede renunciar a su esencia: ser luz en medio de la oscuridad.
Como expresó San Agustín: “La esperanza tiene dos hijas hermosas: la indignación y el coraje; la indignación para no aceptar las cosas como están, y el coraje para cambiarlas”. Esta reflexión adquiere un significado especial en el contexto actual de nuestro país. No se trata de resignarnos ante la realidad, sino de asumirla con responsabilidad y trabajar por su transformación desde la fe, los valores y el compromiso con la verdad.
El futuro, por su parte, no debe contemplarse únicamente con temor, sino también con confianza. Jeremías 29:11 nos ofrece una promesa esperanzadora: “Porque yo sé los planes que tengo para vosotros, dice el Señor, planes de bienestar y no de calamidad, para daros un futuro y una esperanza”. Esta palabra no solo consuela, sino que también interpela. Nos recuerda que el destino de una nación se construye, día a día, con las decisiones y acciones de sus ciudadanos.
Colombia necesita más que nunca hombres y mujeres íntegros, capaces de actuar con justicia y, al mismo tiempo, con misericordia. Permanecer atrapados en la división solo prolonga las heridas. Tal vez este sea un tiempo propicio para sanar, reconciliar y reconstruir, entendiendo que la fe no es un escape de la realidad, sino una fuerza que impulsa su transformación.
En palabras de Martin Luther King Jr.: “La oscuridad no puede expulsar la oscuridad; solo la luz puede hacerlo. El odio no puede expulsar el odio; solo el amor puede hacerlo”. Esta enseñanza nos invita a asumir un compromiso cotidiano: ser agentes de cambio desde lo sencillo, en nuestras familias, en nuestras comunidades y en cada una de nuestras decisiones.
Que esta columna dominical pueda convertirse en un punto de partida para una serie de reflexiones donde, semana tras semana, observemos la realidad del país a la luz de la fe. Mirar el pasado para aprender, analizar el presente con discernimiento y proyectar el futuro con esperanza puede ayudarnos a construir una nación más justa, más humana y más cercana a los principios que Dios nos ha enseñado.
Hoy más que nunca, Colombia necesita fe. Pero no una fe pasiva ni resignada, sino una fe viva, consciente y perseverante. Una fe que no se rinde ante la adversidad, que se fortalece en medio de las dificultades y que, aun cuando la tormenta parece intensa, sigue creyendo que después de la noche, siempre llega un nuevo amanecer.



