La muerte del patrullero Amir Chamorro Campo, abatido por delincuentes armados durante un procedimiento policial en el barrio Zaragocilla de Cartagena de Indias, no solo enluta a la institución, sino que revive el temor ciudadano frente a una criminalidad que parece ganar terreno. En medio de este panorama la pregunta que hoy se hacen los cartageneros no es retórica ni caprichosa: ¿qué está pasando con la seguridad en la ciudad? La sensación en las calles es clara y creciente: el miedo volvió a instalarse en los barrios, en las avenidas, en las puertas de las casas y en los negocios que cada día levantan sus cortinas con incertidumbre.
Las cifras hablan por sí solas y no admiten maquillaje discursivo. El incremento de las acciones sicariales, los hurtos callejeros y residenciales, y la manera casi desafiante en que los delincuentes se mueven por la ciudad, dibujan un panorama inquietante. El sicario parece caminar con una tranquilidad que contrasta dolorosamente con la angustia del ciudadano común. Y ante esa realidad, la percepción que queda es la de una autoridad que observa más de lo que actúa.
Pero hay una pregunta que resuena con fuerza y que merece una respuesta concreta: ¿qué pasó con el Plan Titán24? Ese mismo plan que fue presentado por el hoy alcalde Dumek Turbay Paz en campaña como una estrategia implacable contra la delincuencia, como el escudo que blindaría a Cartagena de Indias frente al crimen. Se habló de tecnología, inteligencia, inversión millonaria y resultados contundentes. Se prometió un cambio radical en la seguridad.
Hoy, sin embargo, el silencio pesa más que cualquier discurso. No se escucha hablar del Plan Titán24 en rendiciones de cuentas, no se detallan resultados, no se muestran cifras claras que permitan evaluar su impacto. La ciudadanía no sabe en qué se invirtieron los millonarios recursos, ni cuáles fueron los logros concretos, ni qué ajustes se han hecho ante el evidente deterioro del orden público.
La preocupación se agudiza cuando hechos recientes sacuden la confianza institucional. El caso más reciente y doloroso es el del patrullero Amir Chamorro Campo, quien perdió la vida en medio de un enfrentamiento armado durante un procedimiento de rutina en el barrio Zaragocilla. El uniformado, que transitaba en labores de vigilancia, intentó acercarse a dos hombres con actitud sospechosa. Lo que parecía un procedimiento cotidiano terminó en un tiroteo que evidencia el nivel de riesgo que hoy enfrentan incluso quienes patrullan las calles.
En medio del intercambio de disparos, el patrullero logró herir a uno de los delincuentes, quienes emprendieron la huida mientras él quedaba gravemente lesionado en la vía pública. Fue trasladado al Hospital Universitario del Caribe, donde posteriormente se confirmó su fallecimiento. La rápida persecución permitió la captura de uno de los sospechosos, quien permanece bajo custodia policial, mientras continúa la búsqueda del otro implicado que huyó en motocicleta. Este hecho no solo enluta a la institución policial, sino que deja al descubierto una realidad inquietante: los delincuentes hoy se sienten con la capacidad de desafiar abiertamente a la autoridad.
El sacrificio del patrullero Chamorro Campo debe ser un punto de inflexión, no una estadística más. Su muerte obliga a replantear preguntas incómodas pero necesarias: ¿qué está pasando con la inteligencia policial? ¿Dónde están esos grupos especiales que se anuncian con fotografías y operativos iniciales, pero de los cuales luego no se vuelve a conocer resultado alguno?
Desde distintos sectores comienzan a escucharse voces que exigen responsabilidades. Se habla incluso de la necesidad de cambios en la conducción de la seguridad, de revisar liderazgos y de exigir resultados medibles, no promesas reiteradas. Porque la seguridad no se construye con ruedas de prensa ni con titulares llamativos, sino con estrategias sostenidas, evaluables y transparentes.
Cartagena no puede acostumbrarse a vivir con miedo. No puede normalizar el sonido de las sirenas ni la noticia diaria de un nuevo hecho violento. La ciudad merece claridad, liderazgo firme y respuestas verificables. Merece saber qué se hizo con cada peso invertido y cuáles son las acciones concretas que se están ejecutando para recuperar el control de las calles.
Hoy, más que nunca, la seguridad dejó de ser un tema técnico para convertirse en una exigencia ciudadana. Cartagena no necesita más anuncios, necesita resultados visibles en las calles, capturas sostenidas, inteligencia efectiva y liderazgo sin titubeos.
Porque cuando cae un policía como Amir Chamorro Campo, no solo pierde la institución: pierde la ciudad entera. Y si el Plan Titán24 aun existe, es hora de mostrarlo con cifras, operativos y resultados reales. De lo contrario, la pregunta seguirá creciendo en cada barrio, en cada esquina y en cada familia cartagenera: ¿quién responde por la seguridad perdida en Cartagena?



