Dios todo lo puede. Es omnipotente, omnimodo y omnipresente. A Dios se le teme, respeta y obedece. Transgrediendo la máxima que no se le cuestiona, procederé a opinar con el debido respeto a Dios.
¿Cuál es la necesidad de si todo lo pudo hacer perfecto, «amargarse la vida» con el libre albedrío y de paso amargársela a su creación, el mundo terrenal?
¿Cómo es posible que la esencia de la vida es la muerte? Para vivir hay que matar y la muerte es causa de dolor por donde se mire.
Tu alimento viene de la muerte, porque por muy blanquecino que se vea el provocativo pollo, cerdo, res, en el supermercado, te informo que debió derramar su sangre, para satisfacer tu apetito. Para que tu vivieras, el debió morir y sentir dolor.
¿Qué decir de la lechuga y todos los vegetales? Igual que los animales, debieron » sangrar» su sabia para que tu vivas. En fin, tu vida está ligada a la muerte de los demás.
Desde que eres un óvulo y un esperma por separado, aparece la competencia, rivalidad y todo ligado a la supervivencia, que dependerá de la muerte de otros. De los miles de óvulos con que nace la mujer, van muriendo, idéntico pasa cuando aparece el espermatozoide. Para que tu estés leyendo esto, fueron muchos los que debieron morir. Sale nuevamente el dolor inseparable de la muerte. ¿Por qué Dios, bajo el estandarte de su perfección permite esto?
Toda la energía terrenal que consumimos etiquetado de alimento, proviene del sol ¿es entonces el sol nuestra fuente «agotable» de aprovisionamiento que en un tiempo infinito para nuestra corta vida, pero no para el tiempo, se acabará?
Reluce entonces la injusticia. Dejemos por fuera- por el momento- al resto de animales y quedémonos con el más vil de todos: el humano.
Debemos vivir en un mundo supremamente arcaico, donde el dolor, la muerte y el tiempo existen. Son estos los determinantes de nuestro atraso.
El tiempo va ligado al atraso. Todo requiere tiempo, es una medida de desgaste, espera, lentitud. Siendo sinónimos cada uno de freno, muy a pesar de que no se «detiene». Sin la existencia del tiempo, simplemente se existiera y ya.
Para que se dé un cambio en la fenogenotipicidad del hombre, se necesitan millones de años y sin embargo la vida demora a lo mucho un siglo. He allí otro desbalance de la existencia, basada en el tiempo.
Así como la fragilidad de la vida, por ejemplo, cuando se le pasa por la mente a algunos en «ayudar» a los más desvalidos, aparece el concepto de poder.
Se presta ayuda al vulnerable, porque se es más poderoso y se ostenta una supremacía- así sea inconsciente- si no se ayuda también se oprime. Con ello surge la desigualdad.
¿Qué necesidad tenía un ser perfecto como Dios de dar cabida a la desigualdad? ¿libre albedrío? Ganas de «amargarse la vida». Si de entrada se sabe que la lucha es entre el bien y el mal y triunfará el bien, ¿para que permitir el mal y todo su sufrimiento?
¿Por qué incluirnos en un juego del que más almas tenga, si no se pidió estar en él, además se sabe cuál es el ganador, y terminamos siendo fichas donde muy a pesar del libre albedrío, siempre se hace la voluntad de Dios? Afortunadamente.
Es el mundo el escenario teatral, donde todos los artes u oficios conducen a un «bocado» de comida. Unos caviares y otras sobras del caviar, pero al fin de cuentas todas vamos al baño.
Aquí pudiéramos seguir y seguir, pero además de tener que escribir una columna, es evidente que más allá de distraerse un poco, lo que se diga, no cambia la dinámica del mundo, donde el dolor y la muerte, son los que permiten la vida.
¿Por qué creó Dios este mundo que nos jactamos de llamar perfecto a sabiendas que está plasmado de imperfecciones y que con todo el poder que le reconocemos los creyentes, pudo hacerlo realmente perfecto, comenzando por no dar cabida al dolor y la muerte?
¿Cómo hubiera sido ese mundo perfecto? Ni idea. No soy Dios ni pretendo serlo. A Él solo lo amo, respeto, temo. De vez en cuando le pregunto cositas. Hasta ahí. El que manda es Él.
Mire a ver: ¡Caliente!¡caliente.



