Cartagena de Indias vuelve a estremecerse. La violencia no distingue edad, oficio ni circunstancias. Marzo cerró con 21 homicidios, y entre las víctimas hay dos mujeres cuyas muertes resumen la crudeza del momento: Esilda del Carmen Reyes Martínez y Damaris Marrugo Cabarcas. Dos historias distintas. Un mismo desenlace: la muerte en medio de una ciudad donde la criminalidad sigue imponiendo sus reglas.
El 17 de marzo, Esilda, de 67 años, fue asesinada tras retirar 4 millones de pesos. La siguieron, la interceptaron y la mataron en plena vía pública del barrio Ternera. Hoy, el presunto responsable —alias “el Mello”— tiene orden de captura, pero sigue libre. Nueve días después, Damaris, de 50 años, fue asesinada frente a su casa en el barrio La Marìa. No era el objetivo. Una bala destinada a otro hombre terminó quitándole la vida. Así de frágil es hoy la línea entre vivir y morir en Cartagena.
Las cifras parecen decir una cosa. La calle dice otra.
- 67 homicidios en el primer trimestre de 2026
- 80 casos en el mismo periodo de 2025
- 21 asesinatos en marzo, uno de los meses “menos violentos” en cinco años 11 bajo la modalidad de sicariato.
De los 67 homicidios, 40 han sido ejecuciones sicariales.
En medio de este panorama, el Plan Titán24 que prometía contener la violencia con presencia institucional, inteligencia y reacción inmediata no dio resultados, el sicariato sigue liderando las cifras, persisten los asesinatos por encargo y continúan muriendo civiles ajenos a los conflictos.
La percepción ciudadana es clara: la estrategia no está impactando donde más se necesita—la calle. Cartagena enfrenta una violencia fragmentada pero constante: ajustes de cuentas que se ejecutan a plena luz del día, riñas que escalan en segundos a homicidios y víctimas colaterales que evidencian la pérdida total de control. Esilda y Damaris no eran parte de ninguna estructura criminal, aun así, murieron.
En 2025 Cartagena registró 80 asesinatos en el primer trimestre, de los cuales 60 fueron sicariatos, confirmando el dominio brutal de las ejecuciones por encargo; y en 2024 la cifra fue aún más alarmante, con 89 muertes violentas, incluyendo 55 sicariatos, 20 riñas, 5 atracos y un feminicidio, números que dibujan una ciudad donde la violencia no solo persiste, sino que se transforma y se adapta. Hoy, pese a la reducción marginal, el patrón sigue intacto: el sicariato manda, la vida vale poco y las estrategias de seguridad no logran romper el ciclo de sangre.



