El grito de desesperanza de los arroceros en esta cosecha del año se lo traga la inmensidad y queda en el vacío. Todos los arroceros de la región Mojana y el San Jorge sucreño están pasando las de San Quintín, parece que una inesperada creciente dio al traste con todos sus sueños de una buena temporada cuando casi estaban por recoger los frutos de su esfuerzo.
Los que más sufren en soledad su llanto y penurias son los pequeños agricultores del grano, que siembran cuatro, cinco, diez hectáreas y nadie los mira. No existen ni para las imponentes combinadas (recolectoras del cereal) a quienes sus monedas no le valen, convirtiéndose en un monumento al desprecio y humillación, mientras sus arroces se pierden, porque no hay quien se los recoja. Los remata una creciente como la que están viviendo, asegurándoles la perdida, incluida la esperanza. Lo peor en soledad. No existen para nadie.
En la Mojana y San Jorge sucreño se siembran unas 20 mil hectáreas de arroz en el primer semestre del año y ocho mil en el segundo. Quedan unas 10 mil hectáreas sin sembrar, que están habilitadas para esa siembra. A ello hay que agregar la ausencia de molinos para pilar el arroz y colocarlo en el mercado.
En San Marcos (Sucre) es donde hay molinos grandes, unos cinco molinos que pilan en temporada de recogida, aproximadamente mil bultos diarios de 70 o 90 kilos. En toda la región hay cuarenta molinos con capacidad de pilar muy pequeñas.
En su pico de siembra, el cultivo de arroz, utiliza unas ocho personas en mano de obra, por hectárea. Es decir, es una fuente innegable de empleo. Así como es cierto que la falta de combinarlas es inocultable en la región. Esto y la creciente tienen sumida en la desesperanza a los pequeños arroceros de Sucre, gritando en un callado alarido, para adentro, mirando fijo el caballete, por donde escurre la impávida gota de lluvia, asumiendo su tragedia, todo en soledad, sólo en soledad, porque al final de cuentas no son importantes para nadie: ¡Carajo, se ahogó el arroz!



