Desde Rafael Núñez Moledo, en el siglo XIX, no ha habido un presidente costeño en Colombia. Es más: me atrevería a decir que no ha habido en los más de 120 años que han pasado desde entonces una figura política costeña que realmente haya logrado esa rara categoría de presidenciable. Ni siquiera Evaristo Sourdis, uno de los candidatos conservadores de 1970.
El más costeño de los presidentes que hubo en el siglo XX fue Alfonso López Michelsen, 1974-78, quien había sido gobernador del Cesar en los años 60 y quien habría repetido presidencia si precisamente no le hubieran faltado «los votos de la Costa» en 1982. Y el más costeño de los cachacos presidenciales de hoy es un cordobés que se crió en Zipaquirá. Ya saben quién es.
Sólo ahora con la exitosa era de Alejandro Char en Barranquilla se ve con más fuerza la posibilidad de tener al mando del país a un verdadero hijo de la región, pero sin duda esa posibilidad sería más concreta si el potencial candidato ya hubiera abandonado el refugio «chévere» de Barranquilla y realmente hubiera dado el paso al escenario nacional. Si su supuesta aspiración es para el 2022, se le hizo tarde.
El capital político que tiene ahora Char le alcanzaría -por el peso electoral de la región- para la vicepresidencia, desde donde podría construir una imagen verdaderamente nacional si no se queda a gusto con el papel secundario de la mayoría de los vicepresidentes de la constitución del 91, entre los cuales figura por cierto solo un costeño: Gustavo Bell. Char tendría que reclamar un protagonismo como el de Germán Vargas Lleras en el segundo gobierno de Santos, algo que no es imposible pero tampoco tan fácil de conseguir, así se tenga un poder político y económico de quilates.
Pero la reflexión sobre el poder costeño en el país debe ir más allá de este caso puntual y más allá de echarle la culpa al centralismo cachaco. Lo cierto es que la academia, el empresariado y la clase política de la región deberían tener un plan para fortalecer el liderazgo de la costa caribe en varios aspectos.
Uno de ellos es el de la tecnocracia. ¿Recuerdan en los últimos 50 años algún ministro de Hacienda costeño? Casi todos han sido de la región paisa y cachacos, con uno que otro vallecaucano o santandereano colado. Cecilia López, Carlos Rodado, Adolfo Meisel o Bruce Mac Master tuvieron o tienen suficientes galones para estar ahí, pero no los han nombrado. Ni siquiera ahora, cuando la minería, y no el café, domina la economía.
Ahí ha faltado, seguramente, peso económico y político, pero tal vez también gente mejor formada para entrar en el alto círculo tecnocrático del país. Meisel, quien ha estudiado el tema, nos contó que muy pocos costeños han sido becarios del Banco de la República, y que eso se debe al nivel académico regional pero también a la ausencia de una red de tecnócratas costeños que impulse a los cerebros más jóvenes.
Es curioso que la Costa, teniendo por lo general una bancada fuerte en el Congreso, no proyecte ese poder regional sólido a otros ámbitos de la vida del país para que sus talentos y liderazgos se reconozcan. Pero, por otro lado, también es cierto que -por ejemplo- en esta región de siete departamentos no hay todavía una universidad pública de gran peso a nivel nacional. Y eso hace más difícil encontrar tales talentos y que sobresalgan.
Otra tarea central por hacer es buscar unos liderazgos políticos del siglo XXI y dejar atrás los imperantes, que no parecen del siglo XX sino del XIX (y esto no es solo algo necesario en la Costa, aclaro). Me refiero a dejar que la política sea una cosa circunscrita a unas pocas familias. Esto es algo patético. Los partidos y la sociedad en general en las regiones deben tener claro que un buen liderazgo se construye democráticamente, no se hereda; se hace con ideas, con propuestas que superen los pequeños intereses feudales y hagan florecer un proyecto para todo el país.
No es que la Costa se merezca un presidente de la República. No es cosa de merecimientos. Pero si sería una señal de avance para una región de tanto peso que alguno de sus hijos tuviera la oportunidad de gobernar desde la Casa de Nariño. Hay que construir en serio esa posibilidad.

Perfil del columnista: Juan Carlos Bermúdez es uno de los periodistas editores más reconocidos y respetados del Colombia. Egresado de la universidad Jorge Tadeo Lozano. Con más de 30 años de carrera. Se destaca en su trayectoria haber sido editor en El País de Cali, El Tiempo y Semana. Al igual que otros grandes nombres del periodismo colombiano. Es hijo de las transformaciones democráticas, sociales y políticas que vivió Colombia por cuenta de la Constitución de 1991.



