Cuando Iván Duque se convirtió en candidato del uribismo y luego en Presidente de la República de Cololmbia, muchos lo veían como un tipo con suerte: había tenido contacto cercano con Álvaro Uribe en Washington por cosas de la vida, le había caído en gracia y había conseguido que lo proyectara en la política colombiana hasta el punto de ponerlo en la Casa de Nariño. Como el país quería ¨al que dijera Uribe¨ después de ocho años de Juan Manuel Santos, ganar con un candidato ciertamente sin tachas fue relativamente fácil.
Como también en la calle decían que sería la marioneta de Uribe, Duque busco ponerle un sello tecnocrático a su gobierno desde el principio, sin llegar a la traición, como supuestamente hizo Santos, ni al parricidio político. Sin embargo, la falta de resultados, la realidad de no ser el sol que más brilla en sus huestes y finalmente la pandemia han desdibujado fuertemente su gestión y de paso a su partido. ¿Hasta qué punto? Hasta el punto de que nadie del entorno de Duque ni de sus rivales internos -que los hay- tiene hoy bases sólidas para aspirar a reemplazarlo. Tampoco nadie entre sus aliados. Y creo que ya es tarde para construir un candidato. Con todo lo que ha pasado este 2020, el gobierno quedó en el ‘salvemos lo que podamos’.
El único, quizás, sería Uribe, pero está impedido constitucionalmente. Por fortuna. Y tampoco parece tener ya fuerza la fórmula «el que diga Uribe» porque los dos años de gobierno de Duque no solo han desgastado políticamente al presidente sino a su sol, como este mismo lo ha reconocido en la semana que termina.
Uribe y el uribismo siguen enredados en sus odios y terquedades cuando el país quiere conjugar los verbos superar y avanzar. Cuando los colombianos piden soluciones para el día a día después de la debacle económica de la pandemia, insisten en un referendo sobre temas que no son del momento y que sinceramente, de hacerse, no van a cambiar el país sino a saciar una sed de revancha de un grupo minoritario. Es hora de despertar. Están gobernando a 50 millones de personas, la mitad de ellas pobres o empobrecidas. Deberían oírlas.
Uribe y el uribismo perdieron sintonía con la gente, que quiere acuerdos políticos de calado y no personalísmos. No basta decir ojo con el 2022 y recurrir a la táctica de la amenaza inminente para que de nuevo los votantes los vean como salvadores. Diría más: la poca visión política del uribismo y del gobierno es lo que está llevando al país hacia allá, que no es otra cosa que la amenaza radical de Gustavo Petro. Por eso, actitudes como graduar a Sergio Fajardo de candidato santista, por ejemplo, no parecen las más inteligentes.
Uribe y el uribismo han estado dos años largos en el poder y han logrado poco. ¿Cómo pretenden entonces ser alternativa en el 2022? ¿O es que confían en que ellos serán quienes cuenten los votos? Esperemos que nadie tenga tales intenciones antidemocráticas. No estamos en 1970 ni Petro es Rojas Pinilla.
El sol del uribismo parece víctima de su propio éxito: se quema con sus propias llamas y quema a los planetas más próximos. Paradójicamente, si quiere que sus ideas trasciendan, debería brillar menos, alejarse; dejar que otros, libres de lastres, superen sus limitaciones y avancen con esa bandera en sus propias órbitas, pensando en el país y nada más.




