El domingo pasado celebramos la jornada mundial de oración por los pobres. Desde la creación Dios regaló al ser humano la posibilidad de administrar las riquezas del mundo creado en una equidad absoluta, pero la soberbia del hombre, su egocentrismo y la corrupción del pecado ha logrado destruir este perfecto equilibrio.
La pobreza es una realidad de toda la historia, y no únicamente de nuestros tiempos. De hecho, Jesús nace en un ambiente de extrema pobreza, y su Palabra es dirigida a dar esperanza a los que nada tienen, y gran parte de sus seguidores eran pobres.
Es imposible solucionar los problemas de desigualdad y pobreza en el mundo desconociendo las causas que los generan. La pobreza es un pecado social cuyas raíces se adentran en lo profundo de la historia y la cultura del mundo. Se asienta, entre otros muchos factores, en la falta de oportunidades para generar ingresos estables, en la segregación urbana, en la corrupción que le quita oportunidades a los que nadie tienen, en la discriminación disfrazada de clasismo y en una desigualdad en materia educacional abismante.
La mejor política social es dar buena educación y oportunidades empleo, no dádivas. Muchas corrientes ideológicas (de izquierda, centro y derecha), prefieren repartir dinero y crear mayor dependencia de los más pobres. La intención perversa de tener clientelas electorales que sólo reciban migajas de los gobiernos ha impedido que el problema se resuelva de raíz. Los estados deberían ser creadores de oportunidades para que todos pongan sus talentos en evidencia y no creadores de dependencia y alimentadores del nepotismo.
Cuenta el autor, Alberto Redondo, la anécdota entre el general Otelo Saraiva de Carvalho, de mi querido Portugal, y el primer ministro de Suecia, Olof Palme. Según cuenta la leyenda, Saraiva de Carvalho le dijo a Palme: “Nuestra revolución va a acabar con todos los ricos” a lo que Palme contestó: “Vaya, lo que nosotros queremos es acabar con los pobres”.
En palabras de Alberto Redondo, Saraiva de Carvalho representaba esa “izquierda reaccionaria con toques de lo que hoy es el populismo sudamericano, de una continua lucha de clases en la que el proletariado debe destruir a la burguesía y a los ricos”. Muy distinto de Olof Palme que representaba “la izquierda nórdica, que aboga por la cooperación y el respeto a la propiedad privada para alcanzar unos objetivos que satisfagan a la sociedad en su conjunto, no a un colectivo ya sean los pobres o los ricos”.
Ojalá los responsables de las naciones tuvieron la visión de Olof Palme que lejos de convertir al gobierno en enemigo de la iniciativa privada, la inversión, el emprendimiento, la innovación y la creación de riqueza, las facilitan y promueven. Tristemente ocurre todo lo contrario. Movido por una dosis de rencor, envidia y resentimiento, muchas personas y exponentes sociales atacan a todo el que genera riqueza, a las empresas, como si fueren los causantes de las desigualdades. Lamentablemente, lejos de seguir el ejemplo de Palme y querer erradicar la pobreza muchos hacen todo para multiplicarla.
Es una realidad que la corrupción política con sus dosis de nepotismo, ha saqueado de modo descarado e indecente oportunidades para los que nada tienen. Pero no deja de ser absolutamente admirable, que muchos desde la nada, con tanto esfuerzo, sacrificio, honestidad y total transparencia, conscientes de sus capacidades y aprovechando los dones y cualidades que Dios les regaló, construyeron y desarrollaron su patrimonio generando oportunidades de empleo a tantas familias. Si la pobreza es un problema social, la honesta prosperidad es una inmensa bendición.




