En algunas de mis columnas anteriores hice referencia a los retos de la vacunación en la Mojana sucreña terminando con una frase que muchos criticaron de forma exorbitante y mortífera por hacer alusión al jolgorio popular cuando decía que teniendo en cuenta los problemas de infraestructura hospitalaria, vías de comunicación, falta de censos actualizados, mantenimiento de las cadenas de frio y corrupción en el campo de la salud cuando iniciara el esquema de inmunización biológica era cuando “la gallina iba a saber lo que es poner un huevo”.
Varios meses después el tiempo me ha dado la razón y todos estos inconvenientes se han estado presentando en la macondiana e inhóspita zona de la Mojana sucreña. Hoy desde la experiencia de una auxiliar de enfermería nos colocaremos en los zapatos del personal de la salud que trabaja en las zonas rurales y como deben enfrentar la odisea de vacunar un adulto mayor.
Es medio día en algún paraje soleado de las sabanas de Sucre y luego de recorrer a pie varios kilómetros de selva, pasando puentes artesanales y torear una que otra vaca recién parida, la protagonista de nuestra historia en compañía de dos colegas se sienta exhausta con su nevera al lado debajo de un palo de campano a reposar el sol y tomarse un jugo de corozo que le regalaron en alguna casa vecina de las muchas que ha recorrido haciendo rastreo de campo en busca de los ancianos de la región que aún faltan por recibir la dosis de la vacuna contra el Covid–19.
Al llegar a una casa de paja y bareque donde le dijeron los vecinos que había un señor que pasaba los 100 años debe correr como alma que lleva el diablo y treparse sobre un árbol de cañanola (Cassia grandis) porque literalmente le echaron los perros para evitar que ingresara a tratar de convencer al paciente y su familia sobre la importancia y seguridad del proceso de vacunación.
Refiere “Maye” como le dicen sus amigos que ama lo que hace y se siente orgullosa de poder con su trabajo impactar en el desarrollo de esta pandemia y tratar de cambiar el destino de la humanidad pero que se siente triste cuando no puede cumplir su misión por la desinformación, las creencias populares y la falta de sensibilidad sobre el proceso. Algunos la han tildado de embustera, otros que la mandaron los chinos o de querer inyectar un microchip para vigilar a los campesinos.
La otra cara de la moneda la muestran aquellos que, a lomo de caballo, en hamaca o en canoas sacan a sus viejos con la esperanza de verlos unos años más y que no perezcan bajo el manto del mortal Coronavirus.
Tuve la oportunidad de ayudar en mi vereda del indio al grupo del hospital de Majagual en el proceso de trasladar a varios adultos mayores hasta el hospital y las carencias que tiene nuestro sistema de salud me dejaron triste pero la alegría, pasión y amor con el que el grupo de valientes lideradas por la enfermera Adis Pérez tratan de ayudar a sus comunidades me hizo olvidar por un momento todas las limitaciones que aquejan a nuestro país.
Hoy quise rendir un homenaje y escribir con orgullo sobre estas mujeres mojaneras que siguen en las zonas rurales de sucre, aquella pobre e inequitativa y sin importar las quemaduras del sol, el hambre o el cansancio tratar de llevar una luz de esperanza a los más vulnerables.



