Millones de colombianos deben estar preguntándose lo mismo después de tantos días de protesta social y bloqueos mezclados con vandalismo demencial: ¿Para dónde va este país?
Lo que se está viviendo en Cali, la tercera ciudad del país, sitiada, con desabastecimiento de alimentos, sin combustible, sin transporte y agobiada por los vándalos, no se puede tolerar. Mañana pueden replicarlo en dos o tres ciudades más, y entonces tendríamos solo caos.
Hay que oír no solo el campanazo de las encuestas, sino este campanazo de las calles. La situación es especialmente compleja y puede serlo aún más este mismo año y en el 2022 por los intereses de una izquierda radical que ve más clara que nunca la posibilidad de llegar la presidencia gracias a un camino hecho en democracia, ciertamente, pero también a la inesperada aliada: la crisis de la pandemia.
Pocos en Estados Unidos apostaban en enero de 2020 por una derrota del expresidente Donald Trump, pero llegó el Covid-19, la crisis económica derivada de este y los conocidos episodios racistas y de brutalidad policial, y fue inevitable que perdiera en las urnas pese a enfrentar a un candidato demócrata con poco carisma.
Algo similar puede pasar aquí: la pandemia sigue viva y la economía no muestra signos de recuperación rápida, mientras que la pobreza crece regresando a cifras de hace diez años. No parece haber un mejor escenario para una izquierda populista, que ve como otras corrientes menos radicales se pierden en la ausencia de renovación de sus liderazgos y en las divisiones insuperadas.
¿Hay tiempo para evitar algo peor que sumerja al país en años y años de inestabilidad? Sí, pero muy poco. Se necesitaría que los políticos reacios a caer en una experimentación extremista – seguramente pensada para varios periodos- sacaran a relucir su sentido común y su pragmátismo, y renunciaran a sus odios, sus rencillas, sus escasas diferencias ideológicas, con el fin de lograr acuerdos para llevar a la presidencia a alguien que los represente y les genere confianza a todos, pero también que tenga el discurso correcto: el de un país que quiere salir unido de esta crisis, sin perder todo el camino recorrido durante las dos últimas décadas, con conciencia de las necesidades de la gente más pobre y de la clase media, y de los cambios estructurales que se deben hacer -sin traumatismos mayores- para transformarnos en una sociedad menos desequilibrada.
La pregunta es si tenemos hoy líderes políticos que piensen en grande, más allá de sus intereses y sus sentimientos. Dada la actual coyuntura, irse hasta las consultas de marzo y la primera vuelta de mayo con la idea de imponerles a otros un candidato, puede ser un juego muy arriesgado. Ecuador se salvó por poco. Sin embargo, Perú está en serio riesgo de caer en una aventura comunista porque la candidata Keiko Fujimori genera casi las mismas resistencias que su contrincante de izquierda.
En Colombia deberíamos ver estos espejos y entender que unos acuerdos tempranos pueden generar otro clima y ayudar a recuperar la confianza de gran parte de la ciudadanía votante, de esa ciudadanía que con susto se pregunta hoy esto: “¿Para dónde vamos?”.
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