La desocupación, la inestabilidad laboral y la informalidad en nuestras urbes, se refleja en la precariedad del vivir de muchos ciudadanos, quienes tienen que resistir con bajas remuneraciones y sin acceso a seguridad social, engrosando los cordones de miseria en las áreas periféricas, viviendas igualmente reflejo de las dificultades económicas quienes no logran insertarse plenamente en el sistema productivo urbano.
Favelas, villas miseria, callampas, colonias, invasiones, comunas, barrios informales cualquiera que sea la denominación que se use en los países latinoamericanos, todas reflejan en el territorio las desigualdades socioeconómicas, que terminan fragmentando espacialmente el territorio.
Por un lado, se excluye a los más pobres, a vivir alejados de los centros urbanos que son los lugares en donde aun se concentra la vida laboral, auge comercial y de servicios en las ciudades intermedias, y por supuesto donde se ha perdido la riqueza de la habitabilidad, pues sus habitantes de antaño, abandonaron estas áreas para autoexcluirse en barrios en las afueras de las ciudades, encerrados tras la seguridad de muros elevados.
Claramente hemos pasado a la fabricación de territorios diferenciados, en los que todos viven alejados, complejizando los modelos de desarrollo territorial, y por supuesto encareciendo las soluciones de transporte, servicios públicos, infraestructura y equipamiento social. Ciudades cada día más extendida hacia terrenos aptos para el desarrollo inmobiliario con valor agregado, y hacia áreas donde la autoconstrucción, la ilegalidad en los procesos de desarrollo y la complejidad social marca los estilos de vida.
Para quienes habitan en los sectores informales, se les complejiza superar por sus propios medios las dificultades que los lleva a la segregación urbana, lo cual puede generar desesperanza y detonar en manifestaciones de violencia; la ausencia del Estado y de los gobiernos locales para brindar acceso a educación, salud y generar oportunidades laborales es en algunos casos aprovechado por grupos al margen de la ley que terminan absorbiendo a jóvenes que no encuentran más camino que generar transgresión. Esto también margina pues al tiempo los habitantes de estas áreas se ven estigmatizados ante la falta de entendimiento de las causas y orígenes en la desigualdad social.
Según datos del Banco Mundial en la década de los años 2000, los homicidios cayeron a nivel mundial un 50%, mientras que en América Latina aumentaron casi a la par del crecimiento económico que sostuvieron nuestros países. Para Hernán Winkler economista del Jobs Group, Word Bank “la desigualdad puede aumentar la delincuencia a través de diferentes mecanismos, desde la escalada de las tensiones sociales hasta el simple incremento de la rentabilidad económica de las actividades delictivas”.
Según algunos estudios el incremento de 1 punto en el coeficiente de Gini se traduce en un aumento de más de 10 homicidios relacionados con las drogas por cada 100.000 habitantes (México 2006-2010). En un reciente informe del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo, relaciona “la falta de capacidad de los gobiernos (fuerza policial y sistemas e instituciones judiciales) para abordar adecuadamente los desafíos de seguridad” lo que deriva en el incremento de la delincuencia y la violencia en Latinoamérica, factores demográficos han terminado siendo aprovechados por organizaciones dedicadas al narcotráfico para incrementar la criminalidad”
¿Pueden estos planteamientos explicar el por qué en nuestros territorios se han incrementado los índices de robos, asesinatos y la proliferación de bandas delincuenciales?
Algunas teorías sugieren que la desigualdad genera en algunos ciudadanos sentimientos de injusticia, que termina en ciertos casos generando actividades criminales como medio de resarcimiento social. Esto por supuesto no puede llevarnos a la estigmatización de la pobreza, ni a creer que hay un único factor que genera violencia, lo cierto es que la desesperanza lastimosamente se está viendo reflejada en muchos jóvenes que han optado por alzar su voz, sin recurrir a la violencia, en manifestaciones genuinas de querer un cambio en las políticas sociales.
La desigualdad social también es impulsada por los malos manejos en el quehacer público, la incapacidad y el populismo reina en nuestras ciudades, disfrazado en buenos discursos y propuestas que al final solo han derivado en improvisaciones y actuaciones urbanas con poca o nula transformación de esas realidades territoriales que aquejan a las mayorías, al parecer le hemos apostado a construir sociedades fragmentadas no solo espacialmente. ¿Seremos capaces de revertir y virar a otros modelos de construcción de ciudad y ciudadanía?



