Cuando llegué a Sincelejo, en enero de 1993, me di de frente con un muchacho gordo, burlón, risueño y chicanero, que se desplazaba en una motocicleta Honda color blanco de 500 centímetros cúbicos.
Le gustaba la parranda, el carnaval, las mujeres y la publicidad. Pero era un publicista de primera línea, que se rozaba con la farándula y el periodismo de tú a tú. No salía de nuestra oficina. Era una especie de radar que estaba atento del movimiento noticioso y periodístico.
Su moto era nuestra para la diversidad de maldades que hacíamos. Y en ella nos llevaba a todas partes, de parrilleros. Al principio “Meda” -como le decíamos por cariño- me trató de matonear, pero después nos convertimos en grandes hermanos. En la mitad estábamos Jaime Vides y yo. Creo que “Meda” era más de Vides que mío.
Jaime y yo teníamos una sana competencia por quién era el mejor cronista del Caribe. Yo le ganaba y él me ganaba. Y en el medio “Meda” sólo celebraba. Nos gozaba. Para no quedarme atrás de Jaime Vides no tuve más remedio que querer más a Medardo. Nos lo competíamos. Todos queríamos estar con “Meda”. Él era de nuestras vidas, cargaba nuestras hijas y no faltaba a una parranda familiar.
Vides y yo éramos tanta competencia, que no solamente arrasábamos con los premios, sino que aparecíamos hasta en el Guarrú del tinto cerrero. Y “Meda” era feliz, porque celebraba tanto los triunfos míos como los de Jaime.
Cuando gané el Premio Nacional al audiovisual colombiano en 2011 no dudé en darle la edición del libro “La Televisión en una Mochila” a Medardo, que era el diseñador de todos. Igual para las tarjetas de presentación y las carátulas de los CD.
“Meda” ponía sobrenombre, conocía nuestras vidas con virtudes y defectos. Sabía quién nos miraba mal y quién era de confianza. Nos hizo amigos del ex gobernador Edgar Martínez Romero, con quien se codeaba de tú a tú. “Meda” era la única persona capaz de sacarle una sonrisa al “malcriado” en sus épocas de crisis como mandatario.
A raíz del Gurrufero y de su incursión en el canto, vocación que no era nueva, nos acercamos más. Con William Torres, se presentó en el lanzamiento del Gurrufero, el seis de abril, en la parroquia de San Jacinto.
Estaba radiante de felicidad. Se presentó con la ropa del día, porque William no le avisó que íbamos en directo por Telecaribe. Pero “Meda” tenía una personalidad tan definida, que no le importó. Estaba tan emocionado de cantar al maestro Adolfo Pacheco, que se le olvidó un verso de la hamaca grande. Adolfo Pacheco, que estaba en primera fila, en las bancas delanteras, elogió su potente voz.
“Meda”, al llegar a San Jacinto y ver que me habían prestado la iglesia para una parranda, me dijo que eso sólo se me ocurría a mí, tomar el templo para una transmisión de televisión.
“Nojoda, Pocho, tú te pones este pueblo de ruana”, me dijo. Le expliqué que el Segundo Concilio del Vaticano, permitió que el coso de las parroquias sea usado como tribunas para la cultura, porque todo el que canta una canción es como si rezara una oración.
Cuando supe su muerte, a través de una corta y sentida nota de mi colega Jaime Vides, no tuve otra expresión que esta: Nojoda, hijueputa, se murió “Meda”. “Meda” la gorreó y la guerreó, y siempre se salió con la suya. Maldito Covid-19, maldito!



