Bellos tiempos pasados, cuando en la desembocadura del Pichilín, allí al lado del puente, en Santiago de Tolú, Sucre, amanecían en la playa camarones, peces pequeños y revoltijos de hierbas marinas, era una época sin escasez.
En aquel entonces solo se cerraban las puertas de las casas dos veces al día: a la hora de la siesta y tarde al acostarse. La prima noche se engalanaba con mecedoras y tertulias de terraza al ritmo de la brisa. La bicicleta podía esperar en el andén, de allí solo la movía su dueño y uno que otro travieso que después de dar una vuelta la devolvía al mismo lugar.
Los atardeceres no han cambiado, como si el tiempo no hubiera pasado, los tintes de naranja a rojo que se degradan en la más hermosa amalgama de luz viva, siguen allí, solo que ahora son pocos los que se extasían con ellos, porque el turista, su mayor admirador, llega poco a estos lares.
Antaño, irse para Tolú era una fiesta. Jolgorio tres veces al año: Semana Santa, mitad de año y final de año. Setenta días que nivelaban la economía de toda la comunidad del Golfo. Así fue hasta hace no mucho tiempo, así se vivía en la Villa Coronada Tres Veces de Santiago de Tolú, como la nombró Alonso de Heredia en 1535, y esto era válido para todo su territorio de sol y playas.
Hubo un tiempo de bonanza, hubo un tiempo para engrandecer, hubo un tiempo que vive en los recuerdos, un tiempo que no fue el de los cambios positivos esperados y que determinó el inicio del duro capítulo que hoy padece Tolú.
Sus playas son apenas una sombra del pasado, sus fiestas con grandes orquestas son fotos grises, las tardes de jugos naturales donde el señor Lorenzo son rostros de nostalgia, el sirenato del mar un lejana evocación, bailar en el estadero el Caribe una sensación de lejanía, ir a comer a la cooperativa de pescadores una delicia perdida, caminar por la playa a cualquier hora del día o de la noche una ilusión de libertad y pasiones de otrora, la pesca artesanal una historia que vive en el olvido.
Sin duda, tanto Tolú como Coveñas, madre e hija, se necesitan, ese cordón umbilical que las ata y las determina, no puede romperse sin que ambas salgan perjudicadas. Sin importar el nivel de desarrollo que tenga una o la otra, ni las inversiones que pueda hacer en cada una de ellas. Si se mira desapasionamiento y con carácter integral, la conexión entre ellas, la vía que las comunica, es decir, la carretera y la zona aledaña, es el lugar por excelencia del desarrollo turístico y empresarial que beneficiaría al Golfo de Morrosquillo y consecuentemente a los dos municipios y sus gentes.
Miremos hacia al Morrosquillo, así estemos parados en Palo Blanco, Puerto Viejo, Boca de la Ciénaga, primera o segunda Ensenada, así estemos en Tolú o en Coveñas, recordemos que por su misma naturaleza estos dos territorios son indisolubles y como tal deben buscar una camino conjunto. No hay disparidad entre los dos pueblos. Sin embargo, la aberrante barrera que es el peaje entre ellas y su pésima carretera, que aunque no lo parezcan, son un estorbo que refuerza diferencias, que perjudican el desarrollo, que penosamente condicionan y propicia aislamiento.



