Como una comunidad agrícola, más o menos pensando en los kibutz, que se inspiran en que “Un pueblo no puede ser libre si no produce su sustento por sí mismo, empezando por la producción agrícola” (León Tolstói), propongo esta idea.
La falta de empleo profesional es una realidad. Se desperdicia este capital humano porque para subsistir deben hacer otros trabajos, que aunque les sirvan para sobrevivir no les permiten desarrollar las competencias para las cuales fueron formados los universitarios en cuestión. Un desperdicio del capital cognitivo, una gran pérdida del Estado, un atraso ostensible en las posibilidades de desarrollo y a la postre un negativo impacto que se traduce en una seria problemática social.
Por otro lado, ni la empresa estatal – por excelencia la preferida para ejercer profesionalmente – ni la empresa privada que se encuentra limitada para absorber y pagar adecuadamente esta mano de obra altamente calificada, permiten superar una realidad que ya llenó su capacidad de empleo. Por lo tanto, se requieren nuevos y sostenibles programas de incorporación, que a la vez sean el inicio de nuevas empresas, de nuevos empresarios, de nuevas formas de ver el desarrollo.
Es evidente, Colombia es un país de vocación agrícola. No quiere decir que esa sea la única opción de desarrollo empresarial para profesionales que tiene, pero sin duda, es un buen escenario que de forma rápida, con buenos resultados a corto y mediano plazo, puede ofrecer mejores oportunidades.
El Estado en asocio con otras entidades y de acuerdo con las características determinantes y particularmente regionales ligadas a la productividad del sector agrícola, podría agrupar en un solo terreno, según la Unidad que se determine en cada caso (Ley 160 de 1994) una comunidad profesional diversa y joven. Allí, en cada una de ellas se implementarían unidades productivas integradas, como un mesosistema de granjas, en el que exista la propiedad individual como base ideológica y la asociación como modelo productivo.
Las ventajas serían diversas. Por ejemplo, habría: interdisciplinaridad y cada profesional propietario con sus saberes apoyaría a la totalidad. Habría, sin duda: variedad productiva, investigación, creatividad, tecnología, transformación, valor agregado, comercialización conjunta directa, integración social, trabajo cooperativo y oferta de empleo. Podría con el tiempo convertirse en un poblado rural próspero, con todas las garantías que esto tiene para el desarrollo social y la seguridad, en toda la extensión de estos dos términos.
Solo a modo de ejemplo, qué tal contar con 5.000 hectáreas, que no es una cifra inadmisible para muchas regiones de Colombia. Allí, ubicar profesionales jóvenes con la financiación necesaria, para que en terrenos individuales e interconectados, que podrían ser de 25 hectáreas cada uno, iniciaran proyectos productivos integrados al resto, y como emprendedores colectivos, de diferentes profesiones y cooperantes, construyeran un modelo único y novedoso para el país… Que serían las granjas profesionales asociativas o conjuntas.
Claro está, que para qué este sueño pueda hacerse realidad se requiere más análisis. Estaría por resolverse en qué condiciones se entrega el terreno, la financiación de los proyectos productivos, los plazos, cuál sería el periodo de gracia y las normas de convivencia respetuosa y productiva. Por otro lado, dada la incertidumbre y tratándose de un programa de fomento no debería tener intereses, ni impuestos, y los bienes muebles y los inmuebles entregados o financiados para producción no podrían ser objeto de venta por parte del tenedor, como ya ha sucedido en muchos otros casos de reforma, que sirven como ejemplo.
En fin, solo haría faltaría que este texto llegara a las manos de quienes quieran arriesgar y apoyarlo, de quienes tengan interés en proyectar un sistema cooperativo de granjas profesionales para jóvenes, para que con los expertos y el conocimiento que se tiene lo hicieran realidad y pasara del sueño a la efectividad.



