Quiero iniciar esta columna de opinión recalcando mi absoluto e inequívoco respecto y aprecio por todos los símbolos que representan ciudades, pueblos, instituciones y colectividades.
Cuando tengo que viajar a Bogotá para tratar asuntos en mi embajada, por ahí cerca del World Trade Center por la calle 100, me llena de emociones y orgullo patrio ver la bandera de mi país ondulando en la brisa fresca de la Capital de nuestra amada Colombia, y me sale espontaneo cantar el himno de mí amado Portugal.
En la bandera de una Nación está representado cada uno de los ciudadanos y toda su diversidad cultural, religiosa, artística, gastronómica, regional, racial, de géneros, la derecha, la izquierda, las minorías, las mayorías, los contentos y descontentos, los buenos y malos, o sea todos, absolutamente todos. No hay símbolo que sea tan absoluta y totalmente incluyente y que provoque tanta emoción colectiva como la bandera y el himno de una Nación.
Las banderas, himnos y símbolos de las ciudades, departamentos, grupos deportivos, colectividades, partidos políticos e instituciones no tienen la misma fuerza incluyente, pues la riqueza de sus significados y a quienes les representan no provocan la misma emoción global y colectiva como la bandera y el himno de una Nación.
Consecuentemente es absolutamente erróneo cuando cualquier tipo de movimiento pretende imponer sus símbolos a toda una Nación exigiéndolos colocarlos al mismo nivel de los símbolos patrios que nos unen, y a veces hasta sustituyéndolos. Obviamente que además de ser una provocación, desencadenan actitudes de rechazo y de intolerancia. También es totalmente equivocado utilizar los símbolos patrios, que tienen la misión de unirnos, para dividir la sociedad y crear sentimientos de odio. Además deberían ser rechazados todos los símbolos de colectividades, movimientos e instituciones que representan el odio, la violencia, la intolerancia, el maltrato, la destrucción, el racismo, la xenofobia etc.
Entiendo, aprecio y acepto la necesidad de tener símbolos que nos identifican como grupos, pues alrededor de ellos se unen los que vibran, defienden apasionadamente los valores que representan. Soy apasionado por el Futbol Club do Porto, pero sé que hay adeptos de otros clubes. Pero cuando juega mi selección, sé que yo adepto del Porto y los demás adeptos de otros clubes estamos unidos por la misma pasión y causa que es apoyar nuestra selección. Hago parte de una institución educativa, tenemos nuestro uniforme, bandera, himno, escudo y valores que nos identifican como familia institucional, pero sé que hay otras instituciones que son todas respetables y con las cuales debemos mantener excelentes relaciones institucionales.
La diversidad no debe ser para la humanidad y para nuestra sociedad colombiana motivo para el odio, la violencia e intolerancia, porque la diversidad es una riqueza. Pero tampoco lo diverso debe pretender que todos acepten las banderas ideológicas que defienda. El respecto y la tolerancia deben guiar siempre nuestras relaciones humanas e institucionales, pero debemos ser conscientes que en la diversidad de opiniones y gustos a quien esté de acuerdo y afines y otros no, y eso debe ser garantizado y absolutamente respetable.
Que hermosa la bandera ondulada de cada Nación, que hermosa la bandera de Colombia hastiada en los más altos de los honores de nuestros corazones en el cual, a pesar de nuestras diferencias, de las heridas, de la sangre derramada y del inmenso camino de transformación que tenemos que emprender, cada colombiano y colombiana se sienta orgulloso de su Patria. Una sola es la bandera que nos une y nos incluye verdaderamente a todos: la bandera de Colombia. Que Dios bendiga nuestra Patria.



