De cerca mi amigo se ve alegre, su andar ya no es ágil pero su mente está intacta, es un adulto mayor sabio y bien informado, con mucha capacidad y aún podría, si el mundo lo permitiera, ser mucho, pero mucho más útil. Así describo a mi Compa, como por cariño lo llamo y porque media entre nosotros ese reconocimiento especial.
Ayer lo encontré sentado en su banca preferida, debajo del árbol que él mismo hace 30 años plantó y al cual llama mi hijo presente. Se le notaba melancólico y lejano, casi presente, medio perdido en el tiempo. Como hablando consigo mismo, dijo:
Cuando los hijos crecen y su mundo se amplía, los padres pasamos a un segundo plano, nos ubican en el sector intrascendente. A mi modo de ver, se pasa a un escenario de poco respeto y baja consideración, como si sintieran pena de esa persona que los ayudo a erigirse en el lugar que hoy ocupan, de esa persona que sin egoísmo les entrego todo lo que pudo, incluso más allá de sus posibilidades, aun dejando de lado sus propios sueños – Dijo sin rencor.
Luego añadió – Es una realidad, cuanta decepción se acumula con el pasar de los años, que triste es llegar a viejo y no ser considerado por lo que se hizo, por lo que se logró y por los sacrificios vividos. La vida es una fiesta y los jóvenes creen que son los únicos con derechos participativos, solo hay que esperar porque nadie vive por siempre y menos eternamente juvenil.
No he podido descifrar, ni tengo la respuesta a preguntas, tales como: ¿Por qué sucede este tipo de trato? ¿Será que se trata del ciclo natural de la vida, ser hijo y ser padre, como continuidad lógica de roles a ejercer? ¿Por qué a los viejos ni siquiera se nos escucha? – Finalizó y guardo silencio.
- Anoche, como otras noches, escuchaba una canción de Rubén Blades, titulada: Carmelo Parte 1, me llamaron la atención los versos que a continuación transcribo:
De Ramiro no sé nada, ni una carta he recibido / y aunque sé que es el destino que todos los hijos partan / no sé cómo olvidan tantos sacrificios compartidos / y se van buscando caminos cuando el viejo no hace falta.
No hay cortesía o derecho para aquél que llega a viejo / se nos trata desde lejos, con hipócrita respeto…/ … A veces pa’ levantarme necesito que me ayuden / y aunque avergonzado estuve, doy las gracias y camino / y cuanto perro me encuentro la quiere coger conmigo…
Es cierto que culturalmente cambia la imagen que estereotipadamente se tiene del viejo. Estas percepciones, además, mutan con el tiempo y el lugar… Varían entre apoyo, respeto, reconocimiento, abandono, soledad e incluso despojo. Entre las visiones que al respecto puedan existir, es preferible en todo caso, la del mundo hebreo, en donde se les cataloga como ancianos venerables… Nada podría ser más reconfortante y constructivo, porque ser tenido como despreciable o inoficioso en nada es halagüeño… Evidentemente, ser considerado honorable es perfectamente vivificante en cualquier momento de la existencia, pero lo es superlativamente en la vejez.
No se debe olvidar, que «si las personas definen una situación como real, entonces ésta será real en sus consecuencias» (Thomas y Thomas, 1928)… Se puede ser viejo y no pasar inadvertido, lo cual es perfectamente cierto, más aún, si se es considerado venerable y se le cataloga por su certeza. Sin olvidar, que lo intrínseco, en todo sentido, resulta esencial e indivisible del todo… El valor puede o no verse por fuera, pero siempre irá dentro.



