“…la nueva modalidad de los politicastros ganadores es “formar tolda aparte”. Es normal que se olviden de quienes le consiguen los votos, ahora les tocó el turno a sus patrocinadores o financiadores”
Colombia es un país que vive y siente la política. Ello hace parte de nuestro devenir y es frecuente como una gran mayoría “se dan golpes de pecho” vociferando que son amigos o amigas del político “fulano de tal”, pero cuando pasan las elecciones y el susodicho es ganador, se dan al traste y observan como su prometedor benefactor apaga o cambia el número celular a privado, polariza el carro, se muda de estrato dos a cinco o seis y desconoce a quienes se “untaron de barro” consiguiendo -utilizando las formulas buenas o malas del político- los voticos para la victoria final.
Una vez asimilado el golpe político, y al saber no le van a cumplir las promesas politiqueras, exclaman… “…por ese político no votaré nunca más…”, pero el que sabe ser politiquero, le es fácil llegar nuevamente, solo bajándole los vidrios del carro, se asoma con una sonrisa picaresca y con un fuerte abrazo de “Judas”, echa por tierra todo lo que el inofensivo votante había expresado del líder, caudillo, jefe o como se quiera llamar, “quedando con los calzones abajo”, cuando escucha…“…mi amigo y hermano del alma…ahora si es verdad que vamos a cumplirte…”
El maltratado por tantas mentiras y escondidas del jefe, razona y piensa…“…bueno docto vamos a ver… le comento que cuando hablamos hace cuatro años, mis hijos estaban en la secundaria…y me prometió que le daría un contratico… ya tres se graduaron, están de mototaxistas y buscan trabajo…”, y el iluso le recuerda al politicastro…” “…Jefe… ¿no se acuerda?…el mayor es su ahijado…ya es docto también”
Una historia que se repite y repite año tras año y a pesar de los incumplimientos y “mamadera de gallo”, el fiel votante, esperanzado en el promesero profesional, entrega su dignidad para ser pisoteado nuevamente. Para el politiquero, es un arte con estudio callejero especializado en como ejercer el dominio con la política, que dolorosamente algunos lo llaman despóticamente “dominación autoritaria al sufrimiento y dolor” que no es más que “el autoritarismo de la democracia” como un fenómeno de la antidemocracia que nos está conllevando a la animadversión “anti-política” como una expresión del malestar social reinante.
Es bueno dejar claro, que estamos hablando del politiquero, el que no tiene la política de profesión, el que solo busca oportunidades para su beneficio o de cierto sector familiar y de amigos o compinches, ellos no están en la búsqueda de ser profesionales de calidad, como tampoco que la política le exija calidad social, no les importa la relación entre políticos y político-social, considerando el material humano como un medio para sus objetivos sin pensar en las verdaderas necesidades del ser y la función real del político.
Ser político, antes era una filosofía, una actividad profesional, hoy, para un grupo selecto, es un arte del engaño y las triquiñuelas para subsistir en el medio. Cada día como buenos estudiantes de la maldad, se capacitan con estrategias para llegar al producto de consumo, es decir al votante primario.
¿Cuánto se añora la legitimidad política direccionada para resolver las principales demandas y necesidades de la población? Un interrogante ligado a los momentos de incertidumbre que vive el país, donde inmensos sectores que no tenían oportunidades de dar a conocer sus problemas se han manifestado y están a la espera que les ayuden a la solución de ellos.
El ser buen político debe ser ante todo apasionado y amar lo que hace, con talento innovador en contexto con el mundo globalizado, bien asesorado, pero sobre todo realista con las necesidades de una sociedad que lo necesita, responsable y prudente en sus apreciaciones y sobremanera responsable con su núcleo de trabajo, siempre estando a su lado en las buenas y las malas.
La nueva modalidad de los politicastros ganadores es “formar tolda aparte”. Es normal que se olviden de los líderes de barrio quienes le consiguen los votos, ahora les tocó el turno a sus patrocinadores o financiadores.
Una vez acceden a los cargos, poco a poco los van apartando aplicando lo que en forma despectiva lo llaman “dizque” «la dinámica de la política». Alcaldes y gobernadores, que llegaron por el impulso de sus antecesores, van tomando “alas” y desmembrando lo que pretende su antecesor, como es dejarle intacta la burocracia, la contratación y el poder político sin entender que ya no son los mandatarios. Casos como este se han visto en todas las regiones de nuestro país.
Los nuevos van nombrando a sus amigos que saben “como le entra el agua al coco” colocándolos en cargos de manejo y contratación. Paso seguido van lanzando a uno o varios de sus familiares, sin historia política o administrativa a cargos de elección popular, principalmente al senado y cámara de representantes.
Ahora bien, existen otros que ganan y gobiernan con sus enemigos…a ellos no sabemos cómo llamarlos…



