Esta semana culminaron los juegos olímpicos de Tokio 2020 y a pesar de las proezas de algunos deportistas nuestro país quedo con el sin sabor de ver a muchos de nuestros compatriotas entonar el himno nacional en lo más alto del pódium. No es casualidad que los resultados obtenidos en el país nipón comparados con lo logrado en Rio 2016 sean un total desastre y es hora de entender que este problema no es de forma, sino de fondo, y toca analizar con lupa el problema del deporte en la tierra del sagrado corazón de Jesús.
Nuestro territorio es una mezcla de razas con fenotipos genéticamente privilegiados para practicar cualquier deporte, pero con la desgracia que las zonas donde existe mayor potencial son las más abandonadas, corruptas y alejadas de los entes gubernamentales; entonces el deporte no se practica por “hobby” sino que se convierte en la única manera de salir de la pobreza. Por eso en Colombia nos acostumbramos a las historias de sacrificios, llanto y falta de oportunidades en nuestros deportistas cuando se deberían brindar por parte del Estado todas las garantías en el proceso de iniciación y formación deportiva.
Dentro de los principales factores que afectan el desarrollo deportivo, la falta de articulación de los procesos de formación es el principal obstáculo que enfrentan nuestros deportistas, debido a que no existe un programa claro donde se establezca la ruta temporal de seguimiento y permitir a largo plazo obtener una cosecha de títulos como lo hacen otras potencias mundiales; esto ocasiona un ocaso de títulos cuando figuras significativas se hacen a un lado y no tienen sucesores en sus disciplinas; como es el caso de Catherine Ibarguen o Diego Figueroa que han dejado un camino de gloria, pero no tienen a quien entregar su listón de relevo.
El ministerio del deporte se ha quedado corto en el trabajo de base que se necesita para formar un deportista y su falta de asistencia técnica, apoyo económico y trabajo científico son insuficientes para que los competidores logren realizar un adecuado ciclo con miras a una competencia olímpica. Es por esto que se da el fenómeno de “estrellas fugases” que ocurre cuando tenemos un deportista con todas las características físicas, mentales y técnicas para lograr una medalla, pero se pierde en el camino ante la falta de entrenadores, recursos y fogueos que le permitan llegar en su mejor estado a una competencia internacional.
Hace algún tiempo, mientras me encontraba de invitado en unas competencias de los juegos supérate en uno de los municipios de Sucre quede sorprendido ante la agilidad de una jovencita de 12 años que eliminó a todos sus rivales en las pruebas de atletismo. Le pregunté a su profesor de dónde venía y me dijo que de una vereda de Guaranda en el sur del departamento y que habían hecho hasta venta de empanadas para traerla porque su escuela no tenía recursos para pagar los pasajes; le hice hincapié en llevarla a la liga departamental, pero fue muy claro en decirme que había tocado muchas puertas y la respuesta era la misma “no hay dinero para el deporte” y no estamos subsidiando deportistas aun sin saber que en un pequeño caserío había un talento que pedía oportunidad para formarse.
Es claro que las otras disciplinas no llenan estadios como el futbol, pero se debe trabajar desde los entes gubernamentales en tratar de captar esos semilleros de talento que permitan crear una base deportiva que llene de glorias al deporte y no acostumbrarnos a que de vez en cuando algún cristiano se convierta en héroe al lograr una medalla olímpica a costa de la venta de tamales, empanadas o bazares en su pueblo. ¡Es hora de cambiar la historia deportiva!



