Después de tres años de ausencia, Dios me ha permitido compartir con mi familia por tres meses. El 7 de septiembre regreso a Colombia agradeciendo a Dios, cada día más, por la familia que él me ha regalado. Desafortunadamente mi reencuentro con los de mi sangre fue marcado duramente con la ausencia física de mi papá que hace 13 meses se encuentra en el cielo junto a Dios.
Es tan bueno tener una familia siempre de brazos abiertos, que te ama de verdad, con sentimientos tan transparentes y honestos. Bendito Dios el vientre que me cargó y los pechos que me amamantaron. Bendito Dios por los papás que me educaron y formaron humana y espiritualmente y que con tanto sacrificio no me hizo falta nada a mí ni a mis hermanos, los amo tanto. Bendito Dios por mi hermano y mi hermana mis cómplices, mis mejores amigos, sangre de mi sangre que tanto amo. Bendito Dios por mi cuñado y cuñada que tienen el don de ser más que cuñados mis hermanos, y del cual me orgullece tanto tenerles en mi familia.
Bendito Dios por mis sobrinos y sobrina que son lo más hermoso que tenemos en la familia y que representan el futuro de felicidad y de orgullo y que son la prolongación de nuestra existencia. Que felicidad tener una familia tan completa, tan hermosa y que tanto amo, además que se va agregando con los amores de mis sobrinos y el cariño de mis tíos y primos.
Ojalá cada lector que le esta columna pudiera decir lo mismo de su familia. Si hoy en día tenemos tantas dificultades de comportamientos sociales de violencia, de intolerancia, de mentira, hipocresía, misogamia, violencia doméstica, maltrato etc, ellas son el espejo de tantos hogares desechos que viven sin amor, sin felicidad y sin paz.
En mis actividades pastorales, de las situaciones que más me aterra, es cuando alguno de mis estudiantes o personas que atiendo en consejería me comentan que su familia es un infierno. Que tristeza escuchar estas expresiones tan llenas de rencor, odio y resentimiento hacia miembros de su propia familia. El hogar y la familia no deberían ser un infierno pero todo lo contrario.
Da tristeza cuando vemos papás abandonados en su ancianidad donde los hijos no tienen la dignidad siquiera de llevarles un plato de sopa, o papás que abandonan a sus hijos por no querer sostenerlos y amarlos, o cuando algún miembro de la familia está pasando por serias dificultades y ninguno es capaz de acudir siquiera con una libra de arroz. ¡Que corazones tan duros!
Si queremos cambiar el mundo debemos cambiar las familias, porque sin dudas ellas son el espejo de la sociedad de hoy, escuelas de valores, cuna del amor y de la espiritualidad. Existen políticas para todo y pensadas para todos, pero los modernos modelos económicos de izquierdas y derechas solo han transformado el individuo en una máquina de egoísmo preocupándose en satisfacer sus propias dificultades sin importarles las desgracias de los demás, y lo más triste es que esto sucede en los núcleos familiares.
Finalmente, familias sin Dios son familias vacías y sin sentido, y que fácilmente caen en la trampa del demonio que las destruye y las divide. Bien decía Jesús de la importancia de construir la casa sobre la roca, pues una familia espiritualmente rica y bendecida sabrá sobrellevar con ánimo y fortaleza las dificultades de la vida y no resolverlas con insultos, maltrato y violencia.
Ante la realidad de las familias de hoy, doy infinitas gracias a Dios por haberme regalado una familia tan maravillosa y bendecida. Espero de corazón que así sea con todos ustedes.




