El regreso de viejas estrategias de intimidación y de enfrentamiento con el gobierno o entre bandas criminales, empiezan a generar temor en la población colombiana, haciendo recordar aquellos crimines más notorios que quedaron en la memoria de todo el país, como: la bomba al vuelo 203 de Avianca, que dejó más de 100 muertos; el asesinato de varios candidatos presidenciales, ministros y periodistas; el carro bomba al edificio del DAS; la dinamización de varias farmacias; y la famosa bomba del edificio Mónaco, entre otros por parte del Cartel de Medellín en su guerra contra el Estado y otras organizaciones narcotraficantes.
La desmovilización de las FARC-EP en 2016, significó el fin del terrorismo con discurso político, a pesar de quedar todavía con vida la guerrilla del ELN. Se sabe de más, que es una organización fragmentada dedicada en su mayoría al narcotráfico y la minería ilegal, la cual ha venido incrementando desde el fin de las FARC-EP su accionar terrorista, como bien se puede recordar los atentados con granadas a las estaciones policiales en Barranquilla y Soledad en 2018, que dejaron 6 policías muertos; el atentado con carro bomba contra la escuela de policía General Santander en 2019, que significó uno de los primeros atentados suicidas para el país, y que cobró la vida de 23 personas; así como el reciente atentado contra la Brigada 30 del Ejército Nacional en Cúcuta, que dejó más de 30 heridos.
Las disidencias de las FARC, por su parte, se han reorganizado y han buscado cambiar su accionar terrorista. Tomarse poblaciones dejó de ser una prioridad, sino que buscan notoriedad con grandes atentados que pongan a tambalear a la sociedad colombiana, como se vio en los recientes archivos encontrados en el computador de Gentil Duarte, quien es actualmente el principal jefe de una de las facciones de las disidencias; además, tiene el control de gran parte de los territorios cocaleros del sur del país.
Entre sus planes está atentar con canoas, carros bombas e incluso con drones; y entre sus acciones, está el asesinato de líderes políticos, como la masacre de la candidata a la alcaldía de Suárez en el Cauca, Karina García Sierra, junto con otras 5 personas más en el 2019; el frustrado plan para asesinar a Rodrigo Londoño, líder del partido Comunes en 2020; los constantes atentados contra gobernadores indígenas, oleoductos, alcaldías y bases militares en sus zonas de influencia, así como el reciente ataque con disparos de fusil contra el helicóptero en el que viajaba el presidente colombiano Iván Duque y el ministro de defensa Diego Molano, entre otros.
Los grandes carteles y capos de la droga en Colombia no dejan de lado su histórico accionar, siendo más cuidadosos y cautelosos que antes, pues entre sus estrategias no tienen contemplada una guerra frontal contra el Estado, sino que se centran en poder comprar a todo corrupto que se pueda dentro del mismo Estado.
“El Clan del Golfo”, el cartel más grande actualmente en el país, recientemente generó temor con el «Plan Pistola», perpetrado entre febrero y marzo, por la muerte de su segundo jefe máximo Nelson Darío Hurtado Simancas, alias «Marihuano», que cobro la vida de 13 policías en diferentes zonas de influencia; este accionar se debe más a una vendetta que a una guerra sin cuartel. Por otra parte, las Bacrim locales empiezan a usar el lanzamiento de granadas y papas bombas como una forma de generar temor en comerciantes, con el fin de extorsionarlos; una estrategia ha venido siendo utilizada por bandas criminales del vecino país.
¿Qué le espera a Colombia al futuro? Si el fortalecimiento de los grupos armados y de las bandas criminales siguen creciendo de la manera en la que va, se puede convertir el narcoterrorismo en un verdadero problema para el país tanto como lo fue en el pasado. Las relaciones rotas con Venezuela, incrementa la impunidad de estas acciones, puesto que la mayoría de los terroristas se refugian en ese país y se mueven libremente sin ningún tipo de trabajo conjunto por buscar justicia por parte de ambos estados; a su vez el poder de las bandas criminales locales, muchas de ellas fortalecidas y abastecidas por carteles de la droga como el “Clan del Golfo o las disidencias de las Farc”, pueden generar un problema grave de seguridad en las principales ciudades del país.



