Tuve la fortuna o más bien el favor Divino, de enfrentar una etapa en la que mis problemas básicos estaban resueltos. No tenía problemas de familia, económicos, de salud o afectivos. Así que me tocó enfrentar el mayor problema; el de entender y tratar de resolver la razón de ser de mi existencia.
En un largo proceso, me vi en una búsqueda de respuestas a muchas preguntas que de manera honesta me estuve formulando para hallarle el sentido a todo. Inicialmente recurrí a mis héroes del pensamiento y la filosofía, después transité en el psicoanálisis, el control mental y en una que otra experiencia esotérica. Además, conocí y hasta intenté adoptar algo de los mitos de ciertas culturas milenarias.
En esa búsqueda, paulatinamente fui tomando conciencia de mi realidad integral como ser humano, pude entender que hay mucho más que vivir bajo el imperio de los sentidos y el exclusivo uso de la razón. Pude reconocer que es inherente al ser humano una dimensión que no se limita a la lógica y que no necesariamente hemos de entenderla desde nuestra mente, pero que se hace vital que la experimentemos, pues de no ser así, estaremos viviendo como incompletos. Me refiero a nuestra Dimensión Espiritual.
La Espiritualidad o el vivir atendiendo y cultivando nuestra vida espiritual, hoy día es un concepto muy generalizado y difícilmente va a estar al margen cuando hablamos del desarrollo del ser humano, del crecimiento interior y de la búsqueda de la realización total.
No obstante, puede tener muchas maneras de ser entendida y por supuesto de ser vivida. Es un concepto sobre el cual es fundamental hacer cierta distinción. Hay una Espiritualidad edificada sobre una base jactanciosa de prácticas religiosas que pretenden dirigirnos hacia un estatus divino, en otras palabras, llegar a ser Dios. «Tales cosas tienen a la verdad, cierta reputación de sabiduría en culto voluntario, en humildad y duro trato del cuerpo». Pero todo esto no tiene valor alguno, pues en esencia no transforma la realidad egocéntrica de nuestro corazón.
Esta espiritualidad pondera que desde nuestra propia condición humana podemos hacernos igual a Dios. Pero, en esa dirección la vivencia de esta espiritualidad nos convierte en el centro de todo y de manera inevitable muy sutilmente nos va aislando, nos va separando de los demás.
Paradójicamente, en los países donde más se practica, es donde más indiferencia existe hacia los demás y aunque el concepto es de no interferir en el karma de otros, esto sencillamente pone en evidencia la ausencia de compasión y la incapacidad de amar. Sencillamente cuando mi experiencia espiritual me coloca en el centro de todo, yo seré el centro y lo demás, es simplemente lo demás. Es una vivencia camuflada con muchos adornos aparentes, pero que esconde la expresión máxima del egoísmo. Donde el fin último es el «Yo».
Nuestra única salida, y como todo lo que tiene que ver con la esencia misma de la vida, es nuestra relación personal con Dios reconociendo mi necesidad y mi dependencia de Él, lo que hará la diferencia.
Poder vivir la hermosa experiencia de convertirnos de Demandantes a Oferentes. Recibiendo de Él, no escatimaremos el dar con generosidad, porque habremos entendido que al que más tiene, más se le dará. Tener más es saber que podemos dar más. Es la Espiritualidad que me conecta con Dios, pero que además me compromete con los demás.
¡Se vuelve tan real la bienaventuranza del dar! pues habremos entendido que es la mejor y única manera de salir avante sobre nuestro egoísmo.



