- Por: Pablo Edgar Zapata | Columnista invitado.
Soy de la Generación del Mambo, fue el primer tipo de música que me impacto y del que me convertí en fanático. La iglesia prohibió su baile por diabólico y pecaminoso, lo que hizo que los muchachos de la época nos volviéramos aún más seguidores del mambo, convertido en una música de protesta, de independencia, de diferenciarnos de los adultos.
El compositor Pérez Prado era nuestro ídolo y su orquesta radicada en México nuestro símbolo; vivíamos pendientes de cada nuevo mambo para fijarlo en la mente e intentar tararearlo pues no había videocaseteras, CD, internet, memorias ni nada de esos avances tecnológicos que un niño menor de 5 años tiene hoy a su disposición.
El arzobispo de Medellín excomulgó a quien bailara mambo y quién dijo miedo, de inmediato los muchachos intentamos aprender a bailarlo, para lo cual era necesario ir a las películas cubanas dedicadas al mambo, para mayores de 21 y con pena religiosa de excomunión a quien las mirara.
Comprabamos con coimas a los porteros de uno o dos teatros para que nos dejara entrar al cine de las 3 pm, de paso capando clase. Las Dolly Sister, unas mellizas y bailarinas cubanas de mambo eran nuestras superestrellas, por radio transmitían “La Hora del Mambo” en una emisora de segunda, que no se perdía un muchacho.
La ‘sociedad’ de Medellín protestó ante semejante perversidad y el arzobispo intervino para hacer clausurar el programa y la emisora. Se salvó la virtud en Medallo, por fortuna para los adultos y para nosotros fue un día de luto. Ya de adulto supe que Pérez Prado vivió 20 años en EE.UU. y fue pianista de prestigiosas agrupaciones y orquestas de jazz, lo que al retornar a Cuba reflejo en sus composiciones de Mambo, ritmo creado por él al que los cubanos no le prestaron mucha atención por considerarlo un tipo de música como poco cubana, lo que hizo que Pérez Prado emigrara a México y organizara allí su gran orquesta.
Cómo México era entonces un centro internacional de producción de cine, Pérez Prado y su orquesta fueron integrados a sus películas en español que se distribuían por toda Latinoamérica, el resto es historia.
Cuando visité a Cuba e intenté conseguir música de Pérez Prado, tuve la impresión que allá hoy lo seguían mirando como poco representativo de la música isleña y no fue mucho lo que conseguí… Ah! Con mi fijación por el mambo, estimo que me fue más fácil ingresar al mundo del jazz de New Orleans, del cual soy admirador ferviente. Me causó curiosidad ver y escuchar esa fusión de mambo y música clásica, que han hecho en épocas modernas varios compositores y directores de sinfónica, entre ellos el venezolano Gustavo Dudamel. Impresiona el impacto en el público, que en el concierto se levanta entusiasmado cómo si su selección marcara el gol del triunfo en el minuto 91.



