Este escrito no es una negación de la inquietud que causa la muerte, ni un desconocimiento al dolor que se siente al perder seres queridos, ni una invitación a actos que pongan en peligro la vida, ni nada parecido; tampoco un discurso en donde se alabe verla como algo que no preocupa. Se trata más bien de explorar un poco sobre ella, lo que se interpreta, vista desde lo humanamente reconocido a nivel cultural, como fin inexorable. Algo así como hablar de la nave que nunca ha de tornar, en palabras referidas al ilustre Antonio Machado.
La vida sigue rumbo ilegible y no se sobrevive a ella misma. Cuando llega la muerte, instante inexorable, momento final, que representa el menor lapso relativo en la existencia, se concluye que morir más que una degradación es una realidad.
Acabar, llegar al final del callejón sin salida, allí donde el último paso del viaje es concreto, y que, aunque nos neguemos no podríamos rehuirlo, es una sentencia que no posee apelación… Aunque busquemos afanosamente continuar y surjan paliativos… Ilusiones para hacer menos difícil lo ineludible… Igualmente corresponde al poderoso y al humilde.
No debe asustar la muerte, tampoco lo vivido. Entre el principio y el final, ser impersonal es una contradicción. La vida y la muerte son dos asuntos que en conjunto tienen sentido y que no se pueden separar porque van estrechamente… indisolublemente unidos.
Bien cantaba Joan Manuel Serrat, tal vez preocupado por lo posterior o lo que a su paso dejaba: <<¿Quién será ese buen amigo/ Que morirá conmigo/ Aunque sea un tanto así? (Si la muerte pisa mi huerto)>>… Nadie… porque así se muera en conjunto siempre se muere solo. Es un acto personal e intransferible, aunque medien preocupaciones transcendentales.
La muerte es el final del proceso, tal vez la historia de vida quede como recuerdo, bien sea por las buenas obras dejadas o por el desprecio causado, todo relativo a como se haya vivido, esto no es asunto del fallecido, es motivo del vivo. Bien los expresaba Epicuro: <<El peor de los males, la muerte, no significa nada porque si somos, la muerte no es; si la muerte es, no somos>>.
En Montaigne, gravita el miedo a la muerte, cuando proclama que el hombre vive más pendiente del tiempo que le queda y la muerte la ve como sinónimo de privación de libertad: << Saber morir nos libra de toda sujeción y obligación>>. Lo cual, con antelación y referente al mismo tema, con inusitada claridad Cicerón refería: << Quitémosle lo raro, acerquémosla a nosotros, acostumbrémonos a ella, no tengamos nada tan a menudo en la cabeza como la muerte>>. Se puede agregar, que, igualmente vamos a llegar a ella, tarde que temprano, ese será el final del destino.
Morir diariamente, morir de enfermedad, morir de vejez, morir de hambre, frases que son patentes formas de expresar una condición terminal y lógica. Pero, en otras expresiones puede no llegar a ser tanto: morir de alegría o muerte política, que como ejemplo muestran, en todo caso, el punto final de un proceso figurativo e irreal.
La simple palabra muerte nos causa miedo e incertidumbre. No en vano, su imagen y su triunfo universal son una constante en la literatura y el arte. Allí se representa su virtud, que no es otra cosa que el temor que ella nos ocasiona.
También la muerte tiene representación fundamentada en la sacralidad, es evidente que no se acostumbra irrespetar a los muertos. Como asunto de común ocurrencia, llama la atención que la muerte tiene la capacidad de hacernos colocar en primer plano las virtudes reales o supuestas del fallecido y así mismo borrar sus defectos.
En la historia se le reconoce y se le ofrece tributo, hay muertes y muertos a los que se les rinde honor en canciones, himnos, nombres de calles y monedas… Hay muertes heroicas y muertos ilustres… El culto a la muerte y a los muertos tiene más connotación cultural que biológica.
A la muerte se le exalta como medio para la superación de los contrarios y la consecuente recuperación de lo que sobreviva o lo que se pretenda imponer; también, puede ser objeto de mitificación y en ella los mártires son ejemplo. En ambos casos estaríamos hablando de la muerte y su valor político… La victoria y la derrota como procesos para la construcción de una identidad trazada para mantener o reemplazar y perdurar.



