Uno de los flagelos que más agobia al mundo y de manera especial a nuestro país es la corrupción, pues no hay semana, mes y año que no se conozca un nuevo escándalo de corrupción en todos los niveles, político, judicial, social, religioso, y hasta deportivo.
Tal situación conlleva a que tanto la opinión pública, la sociedad como tal, y los medios de comunicación exijan de las autoridades y de la justicia resultados eficaces para combatirla, razón por la cual se expiden constantemente normas para combatirla, al punto que se han expedido tres estatutos anticorrupción: el primero mediante la ley 190 de 1995, el segundo mediante la ley 1474 de 2011 que derogó el primero, y el tercero mediante la ley 1778 de 2018 que creó el estatuto anticorrupción transnacional.
Sin embargo, a pesar de la expedición de leyes que endurecen las penas, y supriman subrogados y beneficios jurídicos, el efecto disuasivo que se busca con ello no se consigue, pues los índices de corrupción en lugar de bajar, crecen, luego no es un problema de leyes, ni de investigación o judicialización, pues éstos últimos son sólo la respuesta institucional a ello.
Por tanto, el problema de la corrupción no es un problema de la ley, o las instituciones del estado, sino mucho más profundo, de la primigenia y básica sociedad: el hogar, la familia, la casa, pues cuando el escenario natural para formar, educar, amar y respetar como lo es la familia no se aprovecha para cumplir con esos sagrados deberes, se corrompen nuestros hijos, y las semillas acéfalas de estos esenciales nutrientes para su desarrollo, crecen sin los insumos necesarios para que cuando deban dar frutos, ellos sean buenos.
Y lo que resulta peor, es que en el ser humano pareciera connatural no aceptar su propio error y culpa, sino responsabilizar a los demás de ello, como sucede hoy día, en donde todo es culpa del Estado, de las autoridades, de los profesores, de los medios de comunicación, de los políticos, de los jueces, de los ricos, etc., pues, a manera de ejemplo incluso en la escritura se consigna en el libro del génesis el episodio en donde Dios le pregunta a Adán y Eva porqué comieron del fruto que les prohibió comer, y Adán respondió: La mujer que me diste por compañera me dio de ese fruto, y yo lo comí”[1] y Eva a su vez: “La serpiente me engañó, y por eso comí del fruto”[2], lo que ilustra con claridad, cómo siempre el responsable de nuestros malos actos es otro u otros, menos nosotros mismos.
Por eso hay que ver con tristeza cómo esa corrupción del hogar ha desencadenado en el afán de tener, de aparentar, de figurar, de ser reconocido, y de saciar cualquier tipo de deseo, ha llevado a nuestro mundo y especialmente a los jóvenes a volcarse a una vida virtual, irreal, etérea donde no hay esfuerzo, trabajo, lucha, verdaderos sentimientos, amistades, sino emoticones, seguidores, stickers, avatars, likes, influenciadores muchos de ellos de una vida absurda, plástica, simple y sin sentido.
Así entonces, mientras en casa no enderecemos el rumbo de nuestras propias familias, erradicando pequeños actos de corrupción como no corregir los hijos, no enseñarles la importancia de la rectitud, del honor, de la lealtad, la honestidad, de la familia, del respeto no sólo por el otro sino por sí mismo, el sentido de pertenencia, el respeto por la ley, la autoridad, el amor por su país, podrán hacerse miles de reformas anticorrupción y ella no se acabará jamás, pues, si el corazón ya está contaminado con ese venenoso gusano, los labios y las manos sólo dirán y harán lo que hay allí. [1] Génesis 3, 12 [2] Génesis 3, 13.



