Mucho se ha escrito sobre la Libertad, mucho se ha cantado. Podría tomar de un sin número de frases maravillosas. Nana Mouskouri con su excepcional voz y desde su corazón nos dice: “¿Es tu religión o quizá realidad? (…) una idea revolucionaria…”
La Libertad, no tiene por qué ser un reclamo del ser humano pues ella debe estar colocada como un cimiento firme que soporte nuestra existencia.
Fuimos concebidos para vivir en un ambiente maravilloso de lo cual cada detalle de la creación nos da testimonio de ello. Ya sea observando un atardecer junto al mar, escalando el pico de una montaña o caminando sobre un extendido valle, al estar en contacto con el escenario natural de lo que nos rodea, nos damos cuenta de que la libertad es el hábitat al que pertenecemos y donde debería transcurrir cada instante de nuestra vida.
Es totalmente noble que la anhelemos como un valor supremo, pero debemos tomar conciencia de lo que significa tenerla. En la adolescencia exigimos libertad, pero en esta etapa aprendiendo a vivir, somos tan inexpertos que le damos muy poco valor porque la reclamamos, pero no queremos pagar el precio de aceptar la responsabilidad para manejarla y disfrutarla. Cuando maduramos y aprendemos a cuidarnos de ser seducidos por las apariencias y los deseos necios de este mundo, entonces decimos que la libertad nos debe llevar más allá de acumular equipajes o de colocarnos máscaras que la sociedad nos ha vendido como ropaje glamoroso, pero que solo son atuendos y camuflajes que no nos dejan desplegar nuestras alas y que por el contrario, más bien nos mantienen en condición de esclavos.
Este valor esencial, tristemente se ha debido pelear y hasta morir para defenderlo, pues no han faltado los mezquinos que, a lo largo de toda nuestra historia, han utilizado los beneficios de tener el poder en cualquiera de sus formas para reprimirla y controlarla.
Puede pasar que las libertades básicas de opinar, decidir y actuar nos sean quitadas y en cierta forma quedemos limitados y sin la posibilidad de movimiento, pero, aunque nada restrinja nuestra libertad y estemos disfrutando de circunstancias externas totalmente favorables, puede ocurrir que la realidad interna de una persona sea de absoluto confinamiento. La libertad tiene su lado externo, pero sobre todo tiene que ver con lo que hay dentro de nosotros mismos.
En su búsqueda, nos equivocamos al extender nuestras manos únicamente hacia afuera de nosotros mismos para encontrarla. Las mayores amarras que nos marginan de ella se anidan en nosotros, en nuestro propio corazón. Porque la libertad también es no dejarnos someter por nuestras bajas pasiones y deseos egocéntricos. La verdadera libertad es ante todo la capacidad de no ser esclavos de lo que nos mata, nos roba o nos destruye. La verdadera Libertad nos da la oportunidad de comprometernos con el bien, con lo que construye, con lo que trae vida. La Libertad es: perdonar, creer, amar.
Solo podrá fluir en el contexto del verdadero amor y en esto pensamos y actuamos para que sea verdad en nosotros, pero también nos compromete para ayudar a que sea una realidad en los demás. Pues, en el paradigma del amor no solo somos adecuados para que lo experimentemos, sino que además se nos crea la necesidad de poder comunicarlo incondicional y generosamente. Ciertamente el amor nos inspira para que podamos asumir con toda libertad, nuestra responsabilidad con los demás.
El control es contrario a la libertad, pero además es totalmente opuesto al amor. Quien pretende controlar no ama. El control solo limita y niega el derecho a Ser. El perfecto ejemplo de Amor, lo tenemos en Dios. Dios nos ama. Dios es amor. Esta es la razón, del porqué tenemos libre albedrío. Dios nos da la libertad de aceptarle o rechazarle. Una relación que se establece desde el fundamento del verdadero amor, al mismo tiempo tendrá la Libertad como un valor supremo.



