Si bien el término invisible para un ecosistema hace relación a lo que como humanos no podemos ver a simple vista, por ejemplo: el mundo microbiano; lo cierto es que frente a las actitudes y consideraciones que como personas tengamos, muchos ecosistemas presentes y visibles son imperceptibles a la hora de su conservación. Lamentablemente, se tiene que la importancia que se le reconozca a un ecosistema determinará su visibilidad y el nivel de conocimiento que de él se tenga.
Andreas Weber, biólogo y filósofo alemán, argüía, que: << Durante mucho tiempo, el reconocimiento de nuestra reciprocidad con todos los demás seres fue una parte integral de la cultura humana. Sin embargo, en los últimos tiempos, las sociedades occidentales han comenzado a considerar a los humanos como la única especie de personas, mientras que todas las demás son simplemente cosas>>. Más allá, con la debida consideración, me es dado aceptar que los ecosistemas, siendo un complejo de interrelacionadas vidas, actúan como un armónico conjunto que en esencia sería un solo ser, más aún si se les observa en una escala funcional.
Continuando con Andreas Weber, es acertado agregar, según él lo afirma: << Que los ecosistemas tienen fragilidades similares y, por lo tanto, tienen soluciones potenciales comunes a sus problemas frecuentes. Pero solo podremos encontrarlas e implementarlas si somos capaces de ver la realidad a través de un nuevo prisma>>. En este caso, una visión holística de los procesos que sostienen la vida y de hecho a nuestra especie, que no por ser dominante puede vivir sola… Entonces, los ecosistemas, independientemente de la óptica con que se miren, como parte de un todo que nos determina, no pueden ser invisibles para el humano.
En la ecorregión de La Mojana, cuya riqueza está ligada al agua, existen unos parches boscosos de características muy particulares, éstos crecen en zonas pantanosas y aún en medio de los humedales se les divisa paisajísticamente como si fueran un arbolado de tierra firme, localmente se les denomina zapales. Son ellos por lo que puede verse, un refugio vital para toda la fauna y son zona productiva acuícola, con gran valor para la estabilidad ambiental del sistema cenagoso que allí se estructura.
De los zapales ecológicamente poco se conoce, se trata de un ecosistema invisible, sujeto a explotación y uso incontrolado. Aspectos, tales como, la tala de árboles, la desecación y la ampliación de terrenos para uso agrícola, amén de la caza y la pesca incontrolada, lo están devastando y como se afirmaba, además de desconocerlo, hoy está en peligro de desaparecer.
A pesar que se predica sobre la existencia de demasiados estudios sobre La Mojana, debería llevarse a cabo una pormenorizada investigación que permita conocer el papel ecológico de los ecosistemas invisibles que allí existen. Un inventario de los zapales, sería deseable, ya que en esencia son representantes de gran importancia cuando se hace referencia a lo que allí hay pero que no se ve o no se tiene en cuenta.
Es usual que los impactos ambientales sean difíciles de comprender, ya que no es posible percibir las consecuencias de forma inmediata, por ejemplo, se tala un bosque y de forma rápida se ven beneficios económicos: madera, cosechas y suelo apto para pastoreo, entre otros. En ese momento no se pueden dimensionar aspectos negativos tales como: perdida de cobertura, deterioro de biodiversidad, desecación, etc… Nuestros actos ambientales no siempre tienen consecuencias directas.
Por otro lado, se tienen percepciones y creencias que con arraigo fundamental permiten ejercer comportamientos negativos, por ejemplo, considerar que un determinado ecosistema es nocivo porque allí proliferan insectos o porque es hábitat de especies consideradas peligrosas. Para algunos, los ecosistemas de alta productividad, como los manglares y lo zapales son perjudiciales, así lo consideran, porque no pueden comprender su papel funcional… ¿Quién está en el lugar equivocado, el hombre o el ecosistema?
Ecológicamente no existen ecosistemas nocivos, éste tipo de consideración antropocéntrica no tiene cabida en el mundo moderno. No podemos seguir de espaldas a nuestros ecosistemas, debemos verlos y valorarlos por lo que son y no por lo que nos parecen. En efecto, como consideración global se tiene el interés y compromiso generalizado sobre la problemática ambiental; sin duda, como una realidad insoslayable, sabemos que el medio ambiente es de todos, es un bien común y lo que a él le afecte nos afectará a nosotros.
Finalmente, debemos volcar nuestra mirada investigativa hacia la ecorregión de La Mojana, allí existe un gran filón de asuntos a develar. Para Sucre, La Mojana es una de las últimas fronteras por descubrir… Ciertamente así es.



