De Barranquilla me gusta la estructura, pero es solo una fachada, adentrarse en ella y vivir su intimidad es decepcionante.
Negar la apariencia estructural de Barranquilla es un absurdo, es como negar el estancamiento y atraso que presenta Cartagena de Indias. ¿Pero que hay detrás de toda esta estructura que nos hace pensar en opulencia? Solo un cascaron como dice aquel coloquial dicho popular, “una bacinilla de oro para”… bueno quienes han escuchado el dicho ya saben lo que dice.
Barranquilla es la muestra del típico barranquillero, ese que en carnavales empeña la estufa y el miércoles de ceniza con las manos en la cabeza porque no tiene donde cocinar.
Con una desigualdad presente pero enmascarada por el cemento y silenciada por las letanías de carnaval y claro está por ese gol gritado un domingo desde las tribunas del estadio, todo aparenta estar bien, liderados por el emperador de la gorra, quien ha dejado en quiebra a Barranquilla en dos ocasiones, sin inversión en salud o educación y dejando de lado por completo la parte social, pero eso si los domingos va a la troja y se saluda de abrazo y le dice llavería a todos.
Las ciudades de la costa atlántica colombiana tienen como referente a Barranquilla y todo aquel que no ve más allá de su nariz dice que ojala estuviéramos todos como ella, pero solo es la forma, nadie después de obnubilarse por todo el cemento que ha puesto la empresa privada logra ver la realidad que la carcome, la pobreza, el hambre, el desempleo, la falta de oportunidades. Barranquilla señores no está mejor que Cartagena, solo está mejor vestida.



