El recién encuentro del candidato a la presidencia de Colombia Gustavo Petro con el Papa Francisco, generó un sin números de comentarios y de reacciones a favor y contra. Me gustaría humildemente hacer las siguientes consideraciones.
En el siglo XVIII surge el movimiento que decide separar el Estado y la Iglesia y declararlo una institución laica, es decir independiente de cualquier organización o confesión religiosa.
Este concepto no es sinónimo de ser ateo o sea negar la existencia de Dios o de su propia fe,00 pero quedó apartada la teocracia, según la cual la autoridad política emana de Dios y es ejercida por algún escogido. Se establece claramente sus fines distintos: una busca la vida extraterrenal y espiritual y la otra tomar o mantener el poder político.
Los Estados y la Iglesia tienen como objeto de su acción a los seres humanos, a quienes deben servir, por lo que el ordenamiento de cada una de estas dos entidades debe mantenerse en el ámbito de su propia vigencia: los Estados, en ofrecer bienestar a todos los ciudadanos, y la Iglesia en su misión de brindar a todo ser humano una propuesta de salvación trascendente fundamentada y enraizada en la Palabra de Dios, en los Sacramentos, en su Magisterio y acción pastoral.
Por tanto, los principios que rigen sus relaciones deben necesariamente reconocer la distinción entre lo que es del César y lo que es de Dios; es decir, entre el Estado (lo civil) y la Iglesia (la religión), y establecer que la autonomía de cada uno se hace necesaria para el cumplimiento de su respectiva función.
El caso del Papa es único por ser simultáneamente líder religioso, un pastor, y jefe de Estado porque el Vaticano lo es. Los encuentros, el ministerio y los mensajes papales, hablados o simbólicos, deben tener la particularidad de tocar los temas políticos a la luz de la ética, de la moral, de la doctrina católica y su magisterio.
Esta tarea es complicadísima, porque ser católico no significa necesariamente aceptar o rechazar una determinada ideología y una teoría económico-política. Cuando toca estos temas, el Papa, debe hacerlo empleando firme sutileza y prudencia para enviar un mensaje inequívoco capaz de ser comprendido por todos o al menos la mayoría de los fieles y no fieles. El gran interrogante es cómo debe hacerlo cuando se enfrenta con la disyuntiva de actuar como guía espiritual o como representante de un Estado, aunque en la práctica sea difícil separarlos.
Refiriéndose a esta diferencia, el Papa emérito Benedicto XVI afirmó que “el cristianismo fue, desde sus comienzos, una religión universal y, por tanto, no identificable con un Estado, y mucho menos con ideologías políticas o económicas, pero presente en todos los Estados y distinta de cada uno de ellos. Para los cristianos, ha sido siempre claro que la religión y la fe no están en la esfera política sino en otra esfera de la realidad humana”.



