Garrett Hardin (1968), escribió en la prestigiosa revista científica Science: La tragedia de los comunes. En su teoría aborda de forma muy particular el dilema que se enfrenta cuando las personas de forma independiente y motivados por ventajas individuales, usan un bien común hasta agotarlo e incluso acabarlo o extinguirlo.
Esta magnífica publicación ha generado un amplio impacto en muchas disciplinas científicas a nivel mundial, en especial cuando se referencia el comportamiento humano y sus implicaciones en temas tan disimiles y a la vez conectados, como economía, ecología, psicología, sociología, biología, conservación, salud, filosofía, derecho, educación, ética, administración, contaduría y política; me atrevería a decir que no escapa a ninguna de la áreas del saber humano, con todas se entrelaza, porque es el ser humano el centro del dilema y la disyuntiva gira alrededor de los bienes comunes, su manejo, su cuidado, su utilización y su futuro… Algo sumamente serio, global y que debería ser preocupación política general.
El planeamiento de Hardin se centra en que las decisiones tomadas de forma individual sobre bienes de la comunidad no son óptimas para la sociedad en general. El punto adecuado del uso de un recurso común difiere lejanamente de los intereses de los individuos e incluso de la comunidad como tal, que siempre buscará el mayor beneficio o la oportunidad extractivista en detrimento del bien general y con satisfacción exclusiva de los intereses particulares… Entre los economistas de la naturaleza hay consenso en que a largo plazo la sobreexplotación de recursos naturales colectivos de forma individual y de acuerdo a conveniencias particulares causa destrucción y extinción del bien.
Miremos un caso. Vamos a analizarlo según la tragedia de los comunes, la situación de La Mojana respecto de la pesca; aclarando que se puede hacer en muchos otros escenarios o ecosistemas, así como en muchas otras explotaciones que independientes o concomitantemente pueden darse.
La subienda es un proceso natural que brinda múltiples opciones económicas y sociales, los peces son comunes pero los beneficios de su captura son particulares, cada pescador buscará de acuerdo a su solvencia y capacidad sacar el mayor número de pescados posible, no importa talla ni precio, el volumen compensará y la oportunidad dará los resultados personales buscados, no se piensa en el agotamiento del recurso ni en qué sucederá años después… Es de todos, si no lo sacó yo, otro lo hace… Lo mismo sucede con otros sistemas extractivos, en donde además por muchas razones, el problema puede ser, igualmente, muy delicado, por ejemplo: los bosques naturales, las pasturas, los cuerpos de agua, entre otros muchos más.
Por otro lado, los problemas derivados de la sobreexplotación no siempre son inmediatos, generalmente se ven reflejados muchos años después, verbi gratia: contaminación, agotamiento poblacional, extinción y cambio global. La explotación incontrolada e individual es una tragedia que conduce a la ruina… Riqueza de hoy hambre para mañana.
A pesar de los desacuerdos lógicos, de los ajustes analíticos y científicos que esta teoría pueda tener, lo cierto es que cambió el paradigma mundial para analizar los efectos del ser humano, del ser individual, sobre los bienes comunes. En este sentido hay que resaltar que los estudios posteriores y sobre esta base le valieron a Elinor Ostrom el premio Nobel de Economía en 2009, primera mujer en recibir tan digno reconocimiento.
Ostrom en 2009, en su estudio: El gobierno de los bienes comunes, plantea algunas estrategias para minimizar o gestionar los recursos comunes, algo importante porque deriva en la posibilidad de su permanencia temporal, entre las cuales se destacan: límites de uso y exclusión con definiciones claras; regulación adaptada localmente; controles efectivos y oportunos; eficientes mecanismos de resolución de conflictos; autogestión comunitaria legalmente reconocida; y organización en niveles de acuerdo a la dimensión y complejidad del bien… En resumen, podría decirse en una sola palabra… autorregulación consciente.
Hardin, en su metáfora, dejó claramente advertido que la superpoblación y la incontrolada explotación de los recursos naturales son una tragedia. Una tragedia que se expresa inicialmente en escalas locales, sucesivas, y por ello, no menos importantes, ya que en sumatoria darían una catástrofe ambiental de nivel global, como la que vivimos desde hace varias décadas con intensidad evidente… Todos hemos puesto nuestro grano de arena, por acción y/o por omisión.
Seria suficientemente ilustrativo mirar el panorama de la emisión de gases de efecto invernadero hechas a la atmosfera, que, como tal – la atmósfera – también es un bien común y global, porque es parte fundamental del soporte de la vida en nuestro planeta… Finalmente, en palabras de Whitehead (1948): «La esencia de la tragedia no es la tristeza. Reside en la solemnidad despiadada del desarrollo de las cosas».



