Por los vientos que soplan, se adivina la tormenta, dice el saber popular. La campaña y la pre-campaña electoral que ya está entrando en su fase de intenso apogeo, se anuncia desde ahora como una campaña cargada de improperios, pasquines, fake news, descalificaciones groseras, insultos y ofensas sin límite ni recato.
La difamación y la calumnia proliferan en las redes sociales y en algunos medios de comunicación. Las bodegas partidarias con sus expertos difamadores de todos los bandos y colores van mostrando poco a poco su arsenal infame de insultos y groserías.
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Es la hora de la procacidad y la vulgaridad. La calidad de una campaña electoral sirve, entre otras cosas, para medir el nivel de la cultura política de los actores participantes. Si el insulto sustituye a las ideas y la calumnia reemplaza a la propuesta, la calidad de la campaña reflejará un bajo, bajísimo nivel de cultura democrática.
La ausencia de ideas creadoras, junto a la proliferación de insultos y groserías, muestra, como en un espejo, el sensible déficit de cultura política tolerante, democrática, plural y moderna. Así de simple…
Quienes seguimos de cerca el desarrollo de esta campaña electoral hemos podido comprobar, no sin cierta desilusión y molestia, el peligroso rumbo que va tomando la estrategia publicitaria de los diferentes actores. Unos más, otros menos, casi todos los autollamados “estrategas” tienden a descalificar al adversario en lugar de promover sus propios planteamientos y propuestas.
El ataque personal, la descalificación grosera y el insulto descarado, con lenguaje soez y procacidad abundante, parecen ser algunos de los instrumentos preferidos por estos mal llamados “estrategas de campaña”
El uso y abuso de lo negativo y lo sucio en la comunicación política sigue creciendo. Aunque no son lo mismo unas que otras. Ambas buscan debilitar al adversario, pero con estrategias, medios y estilos muy diferentes.
Las campañas negativas resaltan y amplifican errores, crean dudas sobre las capacidades del contrincante y, sobre todo, le confrontan con su autenticidad y honestidad, y con las supuestas contradicciones entre lo que piensa, dice y hace. Ahora o en el pasado.
El objetivo es responsabilizar, advertir al elector del tremendo error que significaría votar a alguien que esconde parte de su identidad o reniega ocultando, distorsionando, camuflando o maquillando la que ha sido su trayectoria. Se trata de culpabilizar al elector si decide votar a un candidato que parece una cosa pero que en realidad es otra.
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Las campañas negativas siembran dudas. Y provocan la frustración de los posibles electores, a los que se les descubre la impostura de su candidato preferido. Se produce una ruptura emocional. Y se debilita, hasta el punto de cambiar de preferencia, la conexión entre el candidato y su potencial votante.
No admira el creciente aumento de los que dicen que votaran en blanco. Esos son los que no se identifican con este tipo de argumentos. Necesitamos saber de cada candidato sus propuestas para la educación, para la salud, para la creación de empleo, para el fin de la pobreza y de la informalidad, para el cuidado de los recursos y medio ambiente para las familias, que tipo de sociedad desean. Pero no basta decir que vamos hacer esto o aquello, es necesario también decir como lo van hacer, con qué recursos. No nos debemos fiar que todo es gratis, cuando los recursos para pagar lo gratis son nuestros impuestos. Que Dios nos dé el necesario discernimiento.



