Algunos conocen la génesis, muchos se preguntarán, pero la gran mayoría, sobre todo las nuevas generaciones, no saben por qué al gran Ernesto José Redondo Guerrero le decían “Jiquí”.
En días pasados en una tertulia con Miguel Ángel y William Redondo Méndez, conocimos la historia del apodo o remoquete con el cual durante su largo trasegar por este mundo terrenal acompañó a su ilustre padre.

El inmortal Melanio Porto Ariza (Meporto) en una ocasión cuando vio jugar a Ernesto Redondo, con la fortaleza que lo caracterizaba, lo llamó de inmediato “Jiquí” y así se quedó para la posteridad.
El “Jiquí” o “Jiquí de ley” como se le conoce en Cuba, es un árbol milenario que puede alcanzar hasta 12 metros de altura, con hojas de color verde olivo de 7 a 9 centímetros de longitud, brillantes en la cara superior y punteadas en el interior.
Los cubanos para definir la fortaleza de una persona, tanto en la parte física como en la moral, suelen calificarlo con la frase: “duro o fuerte como el “Jiquí”, en la provincia se utilizaba con frecuencia esa expresión, un vecindario tiene ese nombre en la mayor de las Antillas.
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Razón tuvo el inolvidable Meporto al bautizar a Ernesto Redondo como “Jiquí”, fue un hombre fuerte, de moral y principios intachables, un roble para jugar béisbol y criar a sus hijos con altos valores.
Hoy en el estadio del Cielo, Ernesto Redondo se reunirá con todos sus compañeros de la gloriosa generación de 1947, Melanio Porto, Napoleón Perea, Fabio Poveda Márquez, Edgar Pera Arias, Abel Leal Díaz y Clemo Haydar Sedan, entre otros inmortales, gritarán al unísono: llegó “Jiquí”.



