De una pandemia siempre quedan secuelas, siempre quedan daños, incluso muchos son irreparables, como la pérdida de seres queridos, las afecciones permanentes de salud y los quebrantos o desequilibrios psicológicos que aquejan y persisten. La nueva realidad, esa que se vivirá después de la pandemia, será tema de gran importancia, porque las nuevas rutas a seguir deben fundamentarse en superar las carencias que todo esto ha dejado; eso cambiará los enfoques políticos, sociales y educativos que se tenían establecidos, por solo mencionar tres campos que tienen gran impacto en la vida de las personas.
La afectación mundial según la ONU (2020), tuvo un impacto del 94% sobre la población estudiantil, indicando que el problema fue más acentuado en los países pobres. Habría que decir, si se examina con la debida puntualidad, que aún entre regiones de un mismo país, las consecuencias negativas fueron más evidentes en aquellos lugares de abandono histórico reconocido. Nuestro Departamento no fue la excepción y los resultados futuros así nos lo mostrarán… Esta es una realidad que desde ya deberá ser abordada.
En nuestras comunidades educativas se vivió una reducción de posibilidades de acceso a la virtualidad, razón por la cual, a pesar de las deudas que de este sistema de transmisión de información se derivan, quedó en evidencia que las afectaciones estuvieron primordialmente presentes en la población vulnerable y mucho más en la vulnerada.
En nuestra Universidad de Sucre al igual que en muchas otras que comparten características similares, aspectos propios y necesarios del proceso de enseñanza aprendizaje, deberán ser replanteados para recuperar las pérdidas que el modelo de emergencia implementado durante la pandemia nos ha dejado. Es claro, que necesidades fundamentales como las prácticas de laboratorio y el trabajo en grupo, por solo referir dos puntos esenciales, deberán ser reorganizados y deberán incorporar de forma específica nuevos modelos para lograr las competencias necesarias, esas que hoy los alumnos que ingresaron y avanzaron durante la pandemia no pudieron desarrollar o que alcanzaron deficientemente.
No se trata de implementar un rápido llenado de vacíos con contenidos, como si con el simple hecho de introducirlos masivamente se logrará suplir la necesidad, se trata de argumentar y desarrollar un plan de recuperación, que paso a paso vaya subsanando las fallas y que en su recorrido fundamente lo necesario para poder avanzar de lo simple a lo complejo, en donde el alumno pueda ir asimilando, construyendo y creciendo positivamente.
Es importante aclarar, que la virtualidad per se no es una dificultad. No obstante, un uso excesivo, sin la preparación adecuada, sin el conocimiento de sus bondades, puede llevar a un abuso que la vuelve inconveniente, que la hace presa de la improvisación y la saca de contexto. Por otro lado, en nuestro medio, exactamente en el nuestro, se agrava por las limitaciones de conectividad y equipamiento.
Razones, de más, que permiten concluir que nuestra deuda con la educación es mucho mayor, comparativamente hablando, y que tanto a docentes, como administrativos nos asiste la obligación de proponer, buscar e implementar estrategias de recuperación.
Existe la necesidad de adaptar los procesos al momento que se vive, tomando las herramientas que la pandemia mostró como valiosas para poder continuar, siempre y cuando se haga un uso racional de ellas, bien planeado y que no desvincule la presencialidad como punto valioso de contacto. Aún con las deudas que se tengan, vistas de las debilidades de los sistemas, es factible fortalecer aquellos aspectos que permitan mejorar y ampliar el campo de aplicación.
Tanto los alumnos que ingresaron durante la pandemia, como los que terminaron su carrera durante ella, sin duda, son motivo de preocupación. En muchos casos iniciaron o finalizaron hasta con un 30% de aislamiento. Periodo, que, sin duda, generará algunos vacíos y posiblemente tendrá consecuencias negativas en su desarrollo profesional. En este sentido, es apropiado pensar en que se debe llevar a cabo un proceso de reingeniería educativa, fundamentado en la nueva realidad, esa que con certeza nos acompañará de aquí en adelante.
En fin, tenemos ante nosotros un panorama de gran reto, un escenario propicio y con las justificaciones necesarias para iniciar procesos de transformación que mejoren nuestro quehacer y permitan entregarle a la nueva sociedad mejores personas… No debemos olvidar que la buena educación es fundamental para el desarrollo integral de la humanidad… “Si no cambia el hombre, no cambia nada”.



