La emergencia sanitaria que se inició en el 2020, ocasionada por el virus SARS-COV-2, fue un factor modificador de la cotidianidad de todas las personas. Los diferentes países del mundo tomaron decisiones unificadas tendientes a la preservación de la vida, entre ellas: cuarentenas, distanciamiento social y restricciones de circulación. En general, se acogieron las medidas recomendadas por la Organización Mundial de la Salud (OMS), en especial la que hacía referencia al cierre de los distintos centros educativos.
A pesar del cierre antes aludido, las actividades propias de la educación no se detuvieron, cada país instrumentó medidas de acuerdo con su realidad tecnológica y su capacidad de respuesta. Los hogares se transformaron en espacios de aprendizaje académico como una alternativa viable y aplicable. En este sentido, no solo los alumnos sino los profesores cambiaron de forma rápida a un modelo mediado por ayudas remotas, asunto que se mantuvo por algo más de año y medio.
El contexto educativo planteado desde la pandemia, deja sin duda, algunas deudas y carencias, no obstante, se puede rescatar que en medio de la difícil situación hubo avances que bien vale la pena valorar, y recordar que no todo está circunscrito a una enumeración de pérdidas. Por ejemplo, los docentes se tornaron en pieza clave para el proceso de enseñanza aprendizaje, muchos de ellos utilizaron diversas estrategias pedagógicas y recursos disponibles para atender a sus estudiantes, minimizando las deficiencias con creatividad.
Sin embargo, el aula como recinto de gran valor, se desdibujo con la ausencia de su concurrencia participativa. La interacción de grupo y la retroalimentación mediante el dialogo general sufrió trastornos en virtud de la individualidad que prima cuando se trabaja con medios remotos. Entonces, se pudo, en medio de la crisis, entender con mayor énfasis la importancia del aula como espacio necesario.
Este sentimiento de soledad experimentado por no tener un aula física, de alumnos y docentes presentes y en conjunto, produjo en muchos casos lo que se conoce como horror vacui, que no es otra cosa que el temor al vacío, que, según los aristotélicos, sienten quienes se enfrentan a lo desconocido… En esencia, cada clase virtual, sin que se sepa o se tenga certeza de si están o no están los participantes, genera sensación de ausencia… Pero no es solo la presencia, también se tiene la duda de si existe o no existe aceptación de los que se está exponiendo, dado que no es fácil medir la atención que al tema se le brinda.
La sensación de soledad que se experimentó bajo el modelo de enseñanza aprendizaje mediado por ayudas remotas, en un escenario de pandemia, con las inseguridades que de todo esto se derivan, nos lleva a plantear que el sentimiento de aislamiento y todas las consecuencias alternas, encajarían en lo que se podría denominar el síndrome del aula vacía.
Se describe un síndrome como el conjunto de síntomas o afecciones que se presentan juntos y sugieren la presencia de cierta afección o una mayor probabilidad de padecerla… Para muchos docentes e incluso alumnos, prevalecía la sensación de hablar solos, de no estar captando la atención o el interés de los participantes… A veces no se sabía si estaban o no estaban presentes… A veces ausencia física, a veces ausencia de pensamiento.
No solo se trataría de la presencia como valor fundamental, por momentos la tecnología jugó en contra e hizo su propio aporte al círculo de afectaciones, bien sea por su baja capacidad, por limitaciones de equipamiento, por fallas en el manejo de las plataformas, por ausencia de elaboradas y adecuadas presentaciones. Sin dejar de lado los estados de ánimo y las preocupaciones propias de quien está inmerso en un sinnúmero de inseguridades, como las que una pandemia crea.
La socialización como herramienta necesaria para la trasmisión del conocimiento quedó suficientemente demostrada; sin bien, no es factible culpar a las instituciones ni a sus actores de los problemas asumidos y las deudas que nos quedan de esta etapa de vida, si es cierto, que la valoración de la presencialidad se refuerza y se valora. Además, queda en evidencia la importancia del aula y su función. Sin ella y su contexto, se hace palpable el síndrome del aula vacía, el cual impacta tanto al docente como al discente… Soledad, inseguridad, insatisfacción, vacío, temor, añoranza, depresión, inconformidad, entre otras afectaciones, generarían el conjunto de síntomas que identificarían este síndrome.



