La participación de las mujeres en la vida de la Iglesia está todavía lejos de ser plenamente efectiva. Es una cuestión abierta. Podría parecer que el progreso de la sociedad civil, donde las mujeres asumen cada vez más papeles de responsabilidad, podría dictar la necesidad de un cambio en la Iglesia. En realidad esta es sólo una razón adicional, o si se quiere, un motivo de acicate.
En realidad, la razón fundamental para exigir un cambio en la Iglesia es mucho más profunda y tiene otra naturaleza. No se trata de una cuestión de más o menos democracia, porque la Iglesia no es una democracia. La Iglesia, en cuanto comunidad visible y comunidad espiritual al mismo tiempo -como nos recuerda la Constitución conciliar sobre la Iglesia Lumen Gentium– constituye “una realidad compleja que está integrada de un elemento humano y otro divino” (cfr. n. 8).
En consecuencia, tratándose de una sociedad divino-humana, las razones que justifican y que se pueden exigir una verdadera participación de las mujeres en la Iglesia son de naturaleza teológica: es decir, que se deben buscar dentro de la fe y no fuera.
Para la mujer, al igual que para cualquier otro miembro de la Iglesia, el derecho inalienable a participar plenamente en la vida de la Iglesia deriva del bautismo: por eso hablamos de “igualdad bautismal”. El Concilio no consideró necesario elaborar una teología ad hoc para las mujeres, bastando la del bautismo.
De este derecho ha hablado explícitamente el Papa Francisco, en un discurso reciente, afirmando: “El papel de la mujer en la Iglesia no es feminismo, ¡es un derecho! Es un derecho de bautizada con los carismas y los dones que el Espíritu ha dado. No hay que caer en el feminismo, porque esto reduciría la importancia de una mujer” (Discurso a la UIG, 12 de mayo de 2016). El Pontífice advertía de un común error de perspectiva, que reduce el rol de la mujer en la Iglesia a la cuestión feminista.
En la carta apostólica Evangelii Gaudium (nn. 103-104), el Papa Francisco menciona explícitamente la necesidad de “ampliar los espacios para una presencia femenina más incisiva en la Iglesia”, haciendo hincapié en el “gran desafío para los pastores y para los teólogos, que podrían ayudar a reconocer mejor lo que esto implica con respecto al posible lugar de la mujer allí donde se toman decisiones importantes, en los diversos ámbitos de la Iglesia”.
Algunos objetarán que las mujeres ya han esperado lo suficiente y que más retrasos no son tolerables, que la paciencia de la mujer en muchas situaciones eclesiales ha llegado al límite, que las mujeres esperan un avance por parte del Papa Francisco, conociendo su gran atención hacia ellas.
Por otro lado, si se tiene en cuenta la historia de la Iglesia se percibe que toda obra de renovación radical ha necesitado sobre todo tiempo para ser realmente eficaz, y no soluciones precipitadas, sino acciones debidamente meditadas. Como señala constantemente Papa Francisco “el espacio cristaliza los procesos, el tiempo, sin embargo, proyecta hacia el futuro, y empuja a caminar con esperanza” (Lumen Fidei, 57).



