Los filósofos conciben el perdón como el acto de renuncia a la venganza que, de hecho, constituye el primer paso para la vivencia del verdadero perdón. La propuesta de Rousseau es crear un espacio social para que los ciudadanos puedan asociarse y reconciliarse. Aquí el elemento vinculante que unifica y evita que vayan los unos contra los otros es justamente la ley y una voluntad general que obliga a los individuos para que sean considerados iguales ante el Estado.
Esto nos hace pensar que, en sociedades polarizadas donde los unos estén contra los otros (verdaderos estados de naturaleza), es necesario un acuerdo entre las partes para conseguir la armonía que se inspire en la razón y la ley para regular y establecer la reconciliación de los ciudadanos en el Estado.
Sin embargo, no es suficiente la imposición de penas a los culpables para que la paz y el perdón hagan su aparición; tampoco hay que promover la impunidad, lo que constituiría una suprema injusticia. Perdonar no significa cerrar los ojos a la justicia, sino tratar de que no sea el deseo de venganza que enceguezca la justicia. El odio debe estar ausente en los procesos de justicia, cuya misión es de establecer un puente entre el ofensor y el ofendido. La justicia debe imponer el castigo, pero alejándose del odio y la venganza.
Esta invitación que hace Kant, nos hace pensar que las sociedades contemporáneas. Al mismo tiempo que recurren a la justicia, también deben recuperar la doctrina de la virtud, que obliga a perdonar. El pensador Hegel invita a la filosofía política a ocuparse de la reconciliación mediante la renuncia a la venganza, pero añade también que es imprescindible el amor como principio de reconciliación, que a veces puede ser más poderoso que la ley.
El perdón en la teoría política tiene justamente la capacidad y la responsabilidad de reconstruir individuos y sociedades, que separados por el odio y la venganza no han podido crecer y avanzar.
Pero el perdón jamás puede ser ausencia de justicia o impunidad para los que cometieron delitos. Debe proporcionar una justa reparación del daño causado en búsqueda de una justicia que no se alimente de odio o venganzas pero de una justicia que se alimenta de perdón, reconciliación y de paz interior.
San Juan Pablo II afirma que “el perdón comporta siempre a corto plazo una aparente pérdida, mientras que, a la larga, asegura un provecho real. La violencia es exactamente lo opuesto: opta por un beneficio sin demora, pero, a largo plazo, produce perjuicios reales y permanentes. El perdón podría parecer una debilidad; en realidad, tanto para concederlo como para aceptarlo, hace falta una gran fuerza espiritual y una valentía moral a toda prueba. Lejos de ser menoscabo para la persona, el perdón la lleva hacia una humanidad más plena y más rica, capaz de reflejar en sí misma un rayo del esplendor del Creador… el perdón es ante todo una decisión personal, una opción del corazón que va contra el instinto espontáneo de devolver mal por mal. Dicha opción tiene su punto de referencia en el amor de Dios, que nos acoge a pesar de nuestro pecado y, como modelo supremo, el perdón de Cristo, el cual invocó desde la cruz: “Padre, perdónales, porque no saben lo que hacen” (Lc 23, 34)”. Concluiría diciendo que no debe haber justicia con impunidad, pero que la verdadera justicia y paz se construye con sólidas bases de reconciliación y de perdón.



