Cuando era jovencito y veía las celebraciones del 13 de Mayo de Fátima, siempre me preguntaba por qué la gente llora. La primera vez que fui como peregrino, envuelto en aquella atmosfera de fe y devoción, también lloré, porque sin dudas en ese lugar se siente una emoción inexplicable que jamás he podido transcribir en palabras. Es algo único, tan profundo, en la cual la conexión mística mariana te toca lo más hondo del corazón.
Poco ha cambiado el mundo desde las revelaciones de Fátima hace más 100 años. En aquel momento, la revolución en Rusia y la Primera Guerra Mundial llenaron el mensaje de María, pero no todo su contenido estaba en aquellos episodios. Hoy la Virgen nos sigue urgiendo a que escuchemos su mensaje y lo llevemos a cabo.
Hoy, como entonces, las desigualdades que provocaron las guerras y revoluciones están en muchos lugares. Estamos aun luchando contra una mortal pandemia, la absurda guerra entre Ucrania y Rusia renueva el clamor universal de la Virgen Fátima de que oremos sin cansarnos por la paz. Las necesidades de personas refugiadas, las injusticias sociales, la corrupción, las desigualdades, los estados totalitaristas que humillan a los ciudadanos e todas las necesitadas de los pueblos que viven en la miseria gritan a su corazón.
Las blasfemias y sacrilegios a Jesucristo, al suyo propio y a Dios mismo, no han cesado. Hoy, como entonces, la soberbia del hombre y de la mujer negando a Dios y a Cristo y olvidando su Palabra, siguen vigentes. Hoy más que entonces los atentados a la vida como el aborto, la eutanasia, los guerrillas, los fundamentalismos ideológicos y religiosos, hacen sagrado corazón de Jesús y el Inmaculado Corazón de María. Hoy, como entonces, Ella pide que convirtamos el corazón y volvamos a Dios.
Hoy más que nunca se actualiza el clamor del ángel en sus tres apariciones que pidió a los tres pastorcitos que se introdujeran en el Corazón de Jesús y María y conocieran el dolor que padecen: «Dios mío, yo creo, adoro, espero y te amo. Te pido perdón por los que no creen, no adoran, no esperan». Insistió en que rezaran: «Rezad mucho, sacrificaos, ofreced oraciones, reparar los ultrajes con oraciones, pedid por la conversión de los pecadores». El ángel les anunció que sólo así repararemos sus crímenes y consolaremos a Dios.
En su Peregrinación a Fátima por ocasión del centenario de las apariciones, el Papa Francisco saludó a los peregrinos diciendo: “Tenemos una Madre. Tenemos una Madre, una «Señora muy bella», comentaban entre ellos los videntes de Fátima mientras regresaban a casa, en aquel bendito 13 de mayo de 1917. Y, por la noche, Jacinta no pudo contenerse y reveló el secreto a su madre: «Hoy he visto a la Virgen». Habían visto a la Madre del cielo. La Virgen Madre no vino aquí para que nosotros la viéramos: para esto tendremos toda la eternidad, a condición de que vayamos al cielo, por supuesto. Pero ella, nos vino a prevenir sobre el peligro del infierno al que nos lleva una vida sin Dios y que profana a Dios en sus criaturas, y nos vino a recordar la Luz de Dios que mora en nosotros y nos cubre”.
Fátima es un lugar donde Dios brilla por medio de su Madre y su mensaje de misericordia. Cuando la miramos fijamente en el lugar donde apareció entendemos cuanto Dios nos ama por medio de María.



