Se nos ha habituado a pensar que, al hablar de la Santísima Trinidad, hemos de concebir algo totalmente oscuro e ininteligible. ¡Por algo es un misterio! Más aún, es -por así decirlo- el misterio por antonomasia de nuestra fe, el “misterio de los misterios”. El Padre, Hijo y Espíritu Santo tienen la misma naturaleza, la misma divinidad, la misma eternidad, el mismo poder, la misma perfección; son un sólo Dios. Además, sabemos que cada una de las Personas de la Santísima Trinidad está totalmente contenida en las otras dos, pues hay una comunión perfecta entre ellas.
Con todo, las personas de la Santísima Trinidad son distintas entre sí, dada la diversidad de su misión: Dios Hijo -por quien son todas las cosas- es enviado por Dios Padre, es nuestro Salvador. Dios Espíritu Santo -en quien son todas las cosas- es el enviado por el Padre y por el Hijo, es nuestro Santificador.
Pero, en vez de plantear el tema en términos de raciocinio o de especulación teológica, yo prefiero mil veces más tratarlo desde un punto de vista mucho más “humano” y personal, si se me permite la expresión. No que la razón no lo sea. Pero yo creo que es mucho más palpitante, cercano y vivencial cuando lo contemplamos con el corazón y bajo el prisma del amor.
Con la fiesta del envío del Espíritu Santo el domingo pasado culminaba el tiempo Pascual. Ya tenemos la fuerza que Dios nos ha regala gratuitamente para poder dar testimonio con nuestra vida. Dios no es distante, no se desentiende. Dios es comunidad de amor.
Para entender esto, basta con mirar la imagen de la Santísima Trinidad. Como dice el Papa Francisco, “No es el producto de razonamientos humanos, es el rostro con el que Dios se ha revelado a sí mismo, no desde lo alto de un trono, sino caminando con la humanidad.” Una persona que ama a los demás por la alegría misma de amar es reflejo de la Santísima Trinidad. El amor verdadero es ilimitado, pero sabe limitarse para salir al encuentro del otro, para ser libre y respetar la libertad del otro.
El Misterio de la Trinidad es el misterio central de la vida Cristiana. Nos muestra a un Dios que es familia, que somos sus hijos. Un Dios amor que nos hace partícipe de las tres divinas personas. Que Dios es comunión; Él nos reúne en torno a la Mesa, se nos hace único alimento que nos da la verdadera Vida. Un alimento Trinitarios donde brota el amor y se nos revela en el amor. Un amor que se convierte en servicio con y para los demás. Jesús, es el mejor comunicador de la Trinidad.
Gloria al Padre, Gloria al Hijo y Gloria al Espíritu Santo, como era en un principio, ahora y siempre por los siglos de los siglos. Amén.



