La ola de violencia que estamos viviendo en nuestro país, confirma una cruel realidad: Los jóvenes se están matando. Se analizamos el rango de edad de los que asesinan y de los que mueran, en los escenarios de violencia, la mayoría son jóvenes.
Seguimos fracasando como sociedad por la incapacidad de garantizar la felicidad y el respeto pleno de los derechos de los niños y de los jóvenes. Cuando un niño o un joven es asesinado en Colombia, perdemos una parte muy importante de nuestro país que no volveremos a recuperar jamás.
En 2020 la cruel cifra de adolescentes asesinados en Colombia entre los 10 a 14 años ascendió a 73 y crece mucho más en los jóvenes de 15 a 17 años, 435. En esta edad, las muertes están asociadas a reclutamiento forzado, pandillismo, microtráfico o a hechos de violencia.
Entre enero y marzo de 2022, Medicina Legal reportó que 163 menores de edad fueron asesinados en Colombia, donde el mayor número de víctimas han sido niños. De estos 163 menores, 131 son niños y las edades en las que más se registraron los homicidios fueron entre los 15 y 17 años con 115 asesinatos, 10 a 14 años con 11 muertes y de 0 a 4 años con tres asesinatos. Mientras que en el caso de las menores, en el primer trimestre de este año, 32 niñas fallecieron de manera violenta, reportando 20 asesinatos entre los 15 y 17 años, siete entre los 10 y 14 años y cuatro asesinatos de 5 a 9 años. Medicina Legal indicó además que entre los responsables de estos homicidios, se encuentran familiares, amigos, desconocidos, grupos armados ilegales y de delincuencia común.
En los conflictos los que hacen parte de las filas del Ejército, de la Policía y de los que hacen parte de los grupos ilegales o delincuenciales, la mayoría son jóvenes y adolescentes. Se está desangrando lo mejor que tiene nuestra patria que es nuestra juventud.
Algunos no tienen otra opción, porque no encuentran oportunidades para materializar sus sueños, porque no tienen los recursos necesario o posibilidad de acceder a la universidad, porque vivieron toda la vida en agregados familiares o pueblos violentos, porque la pobreza y el difícil acceso al mundo laboral los tienen sumergido en la depresión, tristeza y desesperanza, en el consumo de substancias psicoactivas y en el micro tráfico o delincuencia común.
Las cifras nos deben avergonzar y hacer reflexionar sobre el modo como educamos y formamos a nuestros niños, adolescentes y jóvenes y en que fracasamos como familia y sociedad.
Para poder prevenir eficazmente la delincuencia juvenil es necesario que toda la sociedad procure un desarrollo armonioso de los adolescentes, y respete y cultive su personalidad a partir de la primera infancia y crear oportunidades, en particular educativas, para atender a las diversas necesidades de los jóvenes. Es una tarea y responsabilidad de todos y de todos los estamentos de la sociedad.
Clamo a Dios para que cese el derramamiento de sangre de tantos jóvenes y que en el futuro próximo se abran puertas de oportunidades y estrategias para la formación de jóvenes reconciliados para la paz.



