“…existen mafias en función de la mendicidad, madres con tres o cuatro menores, inclusive amamantando a algunos para maximizar la situación…”
La segunda estrofa de la canción “El Mendigo” del artista Ecuatoriano Julio Jaramillo, dice así:
“Cruzo por la vida siempre meditando
Porque todos gozan mientras sufro yo
Mientras todos pasan riendo y cantando
Yo pido limosna por amor de Dios”
Mientras el mendigo implora la caridad, el Estado se debate miserablemente en el sentido de determinar si es un problema social o es negligencia de los entes encargados de mitigarla. El ICBF determina la mendicidad como una problemática social y lo encasilla con la desigualdad y la pobreza. Hasta allí todo parece estar dentro de lo que conocemos, pero definitivamente es un problema social y es el producto de la pobreza encasillada con la hambruna, el desplazamiento forzado, los conflictos armados, la migración, la falta de empleo digno, que conjugados, desencadenan en el lamentable estado de pedir dinero o alimentos en puntos escogidos de las calles.
El problema de la mendicidad es de diferentes tópicos, el más delicado de todos en la infantil, que a pesar de estar previamente prohibida en el artículo 93 del Código Penal y la Ley 1098 de 2006 o Código de la Infancia y la Adolescencia, es impresionante su explotación irracional por parte de sus padres, familiares o en casos extremos de niños alquilados que los pasean por corredores, esquinas, semáforos, puentes, a todas horas del día y de la noche, inclusive con drogas para dormirlos o mantenerlos en estado somnolientos mitigando el sueño o el hambre del infante.
Todo lo anterior, bajo la complaciente mirada de las autoridades competentes, cuando “se pasan por la faja” el Artículo 2º del Código de Infancia que inexplicablemente tiene por objeto no cumplible la de “…establecer normas sustantivas y procesales para la protección integral de los niños, las niñas y los adolescentes, garantizar el ejercicio de sus derechos y libertades consagrados en los instrumentos internacionales de derechos humanos, en
la Constitución Política y en las leyes, así como su restablecimiento. Dicha
garantía y protección será obligación de la familia, la sociedad y el Estado”.
Observamos ciudades tales como Bogotá, Cali, Manizales, Cartagena de Indias, Barranquilla, Sincelejo, Santa Marta entre muchas más, donde existen mafias en función de la mendicidad, madres con tres o cuatro menores, inclusive, amamantando a algunos para maximizar la situación, con el beneplácito de sus papás que se esconden estratégicamente y se apropian de las limosnas para el consumo de licor o estupefacientes y no existe vigilancia alguna para que se aplique con rigurosidad las normas contenidas en nuestra Constitución Política, conjuntamente con los conocidos Tratados o Convenios Internacionales de derechos humanos y los Derechos del Niño.
Otro caso aberrante, es la mendicidad indígena en el sur del país y con mayor gradualidad en Medellín, cuando las alcaldías y gobernaciones es muy poco lo que hacen para evitar las llamadas “guarderías a cielo abierto”, siendo que en los presupuestos aprobados por Asambleas y Concejos municipales se encuentran partidas para tal fin.
Los entes del Estado saben por muchos estudios realizados, que la mendicidad infantil es un negocio rentable, sin embargo, encontramos variables que se encasillan perfectamente dentro del contexto, como es el nivel de supervivencia familiar cuando tenemos más hay 11 millones de colombianos que comen una vez al día, el aumento del confinamiento por el Covid-19 que degeneró en violencia intrafamiliar y en la desintegración del núcleo familiar, la falta de oportunidades educativas y deportivas y es allí donde el Estado debe direccionar los recursos para minimizar el problema que afecta la sociedad en su conjunto
Como buen ente burocrático que el país conoce por sus falencias permanentes, el ICBF dice tener más de “50 Equipos Móviles de Protección Integral”, con la finalidad de implementar una “búsqueda activa de niñas, niños y adolescentes en situación de trabajo infantil, vida en calle, alta permanencia en calle o mendicidad”, sin embargo, día a día y en especial en épocas de Navidad, el aumento es exponencial y causa dolor observar cómo estos niños y niñas no sean recogidos y llevados a un sitio donde verdaderamente le restablezcan sus derechos, les den alimentación y estudio y se pueda disminuir el flagelo de la mendicidad y mejorar la calidad de vida de los menores.
Por respeto a nuestros longevos no tocamos el tema de la mendicidad en los ancianos, su caminar lento y su mirada fija en el futuro impropio es la fiel imagen de un estado desnaturalizado.



