San Francisco de Asís, reconocido por su devoción a la humildad y la pobreza, es el creador del pesebre, una representación que ha marcado la vida de los creyentes por generaciones. Hace 800 años, en la Navidad de 1223, en el pueblo de Greccio, Italia, San Francisco recreó la narrativa del nacimiento de Jesús, convirtiéndose en el artífice del primer pesebre de la historia.
En un pequeño establo, el Santo reunió a la comunidad y animales para revivir el momento sagrado. Mula, buey, ovejas, y personas representando a María, José, los pastores y otros personajes, se congregaron para dar vida a la escena. A través de esta representación, San Francisco buscaba transmitir el mensaje de la humildad y la grandeza espiritual de Jesús, nacido entre los más humildes.
La iniciativa de San Francisco de Asís se extendió por toda Europa y posteriormente al resto del mundo, dando origen a la tradición del pesebre que conocemos hoy. Más allá de ser una bella representación, el pesebre invita a reflexionar sobre el significado de cada personaje en el nacimiento de Jesús y a unir a las familias durante la Navidad.
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El pesebre, con sus elementos como la estrella, ángeles, y otros animales, trasciende su función estética para convertirse en una recreación que nos invita a considerar el papel de cada personaje en la historia de amor más grande. Además, nos sitúa ante la realidad actual, recordándonos que muchas familias aún migran en busca de mejores condiciones de vida, huyendo del dolor y la pobreza.
En este contexto, la hermana Mónica Sáenz destaca la oportunidad que tenemos de convertir nuestros corazones en pesebres acogedores, capaces de abrazar y apoyar a los más vulnerables. La Navidad, según la hermana Mónica, nos recuerda que todos somos hermanos y nos llama a reflexionar sobre el amor hacia el prójimo, instándonos a ser portadores de esperanza en un mundo necesitado.



