En su reciente columna de opinión publicada en El Universal, Jaime Bonet, aborda una problemática recurrente en la administración pública: la justificación de malas prácticas en el manejo de recursos bajo la premisa de “que robe, pero que haga”. Bonet, cuestiona esta actitud resignada y sostiene que la administración de recursos públicos no debe ser aceptada de manera laxa, sino que debe ser transparente y eficiente.
El columnista argumenta que el dicho “que robe, pero que haga” refleja una actitud que normaliza la mala administración a cambio de resultados visibles, como la construcción de obras. Sin embargo, destaca que este enfoque es peligrosamente permisivo, ya que los recursos públicos, que son limitados, deben ser utilizados de la manera más eficiente posible para maximizar el bienestar ciudadano.
Los economistas señalan que el uso ineficiente de recursos puede llevar a sobrecostos significativos en obras, demoras en su implementación, y mal diseño, lo que resulta en un desperdicio de recursos. Además, resalta que la falta de transparencia en el manejo de estos fondos no solo implica un mal uso de los mismos, sino también la posibilidad de que los costos de las obras se dupliquen debido a adiciones presupuestales frecuentes y elevados.
Bonet también observa que con el crecimiento de las redes sociales, los gobernantes se sienten presionados a mostrar resultados tangibles para mantener una buena imagen ante los electores. Este afán por exhibir obras puede llevar a que se eviten los procedimientos establecidos para garantizar la transparencia, recurriendo a mecanismos de excepción que se convierten en prácticas habituales.
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El columnista concluye enfatizando que, aunque los ciudadanos anhelan ver obras y resultados, no debemos cerrar los ojos a las prácticas indebidas en su producción. Es fundamental que los gobernantes rindan cuentas y que los ciudadanos controlen el uso de los recursos públicos, exigiendo siempre una gestión adecuada y transparente.



