Mientras el alcalde de Cartagena de Indias Dumek Turbay Paz asegura que camina «seguro» por las calles de la ciudad, los ciudadanos viven una realidad diametralmente opuesta. En una ciudad donde los asesinatos selectivos y los robos se han convertido en parte del día a día, la tranquilidad de la que habla el alcalde parece ser un privilegio reservado solo para aquellos que, como él, pueden contar con escoltas y carros blindados.
Es fácil sentirse seguro cuando se está rodeado de un escuadrón de seguridad personal, cuando cada movimiento es escoltado por vehículos blindados que garantizan la protección contra cualquier amenaza. Pero, ¿Qué hay de los miles de cartageneros que deben enfrentarse solos a la cruda realidad de una ciudad dominada por el miedo y la violencia? ¿Qué sucede con aquellos que no pueden darse el lujo de caminar sin temor por sus propios barrios?
Cada día, en cualquier esquina de la heroica capital de Bolívar, una vida se apaga a manos de sicarios que operan con total impunidad. Las estadísticas no son solo números; son madres, padres, hijos e hijas que caen víctimas de una violencia que parece interminable. Mientras el alcalde recorre la ciudad, protegido por su equipo de seguridad y grabando videos para las redes sociales, las familias en los barrios lloran la pérdida de sus seres queridos.
Aunque muchos de ellos pueden ser víctimas de retaliaciones entre bandas criminales, detrás de cada muerte hay un contexto: madres, esposas e hijos que sufren su ausencia. En medio de esta violencia, también hay inocentes alcanzados por balas perdidas o atrapados en la brutalidad de los asaltos.
La desconexión entre el discurso oficial y la realidad es alarmante. Es inaceptable que un líder que debería estar al servicio de su pueblo, que debería sentir y comprender el dolor de sus ciudadanos, se permita el lujo de afirmar que Cartagena es una ciudad segura. Esta afirmación no solo es una falta de respeto a las víctimas de la violencia, sino que también evidencia una preocupante falta de empatía y una desconexión con la realidad que viven día a día los cartageneros.
Es hora de que el alcalde Turbay deje de vivir en una burbuja de seguridad y enfrente la cruda realidad que sufren sus ciudadanos. Que camine sin escoltas, sin carros blindados, y sienta en su piel el miedo que se ha apoderado de Cartagena. Solo así podrá entender el verdadero impacto de sus palabras y la urgencia de actuar para proteger a quienes realmente lo necesitan.
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El pueblo de Cartagena no necesita palabras vacías ni promesas incumplidas; necesita acciones concretas que devuelvan la paz y la seguridad a las calles. Porque mientras el alcalde camina seguro, la ciudad llora a sus muertos y vive bajo la sombra del terror y la confusión.



