Cartagena de Indias, con su historia tallada en murallas y su brisa marina cargada de relatos coloniales, alguna vez tuvo una banda sonora distinta: el silbato agudo de un tren que surcaba sus paisajes. Era la época en que el ferrocarril atravesaba la ciudad, conectando su efervescente puerto con el interior del país, llevando consigo no solo carga y pasajeros, sino también sueños de progreso. Aunque hoy solo queden vestigios de aquel tiempo, la memoria de los cartageneros aún guarda la vibración de los rieles bajo el sol ardiente del Caribe.
Era finales del siglo XIX cuando el tren llegó por primera vez a la ciudad. Se hablaba del futuro, de un puerto que no solo miraría hacia el Atlántico, sino también hacia las montañas y ríos del interior. El Ferrocarril de Cartagena, inaugurado en 1894, prometía un cambio en la dinámica comercial y social de la región. Desde los almacenes del puerto, el tren salía con su carga de mercancías, recorriendo el muelle y atravesando las zonas rurales hacia Calamar, donde el río Magdalena extendía su brazo fluvial hacia el interior del país.
Los vagones metálicos, a veces cargados de bananos, caña de azúcar y otras mercancías del Caribe, rodaban con su traqueteo inconfundible. Por la ventanilla de los vagones de pasajeros, el paisaje de la heroica Cartagena de Indias era un espectáculo: las Ciénagas de Tesca, los campos abiertos, y más allá, los barrios de casitas humildes que se llenaban de polvo con el paso del tren. Cada estación, como la de Ternera, era un pequeño bullicio, un punto de encuentro entre quienes esperaban embarcarse en el tren o venderle algo a los viajeros. Los niños corrían junto a los vagones, con la emoción de ver ese monstruo de acero deslizarse como una serpiente interminable.
Los trabajadores del tren eran héroes anónimos de esta historia. Desde los fogoneros que sudaban en las entrañas de la locomotora hasta los conductores que, con las manos en los mandos, cruzaban los puentes de madera con una mezcla de precisión y fe. Ellos conocían cada curva, cada subida y cada parada en el camino, y eran testigos de una ciudad que intentaba modernizarse sin perder su alma colonial.
El ferrocarril contaba con cuatro locomotoras y ochenta y cinco vagones. Los rieles en el casco urbano, seguían el trazado que ocupa la Avenida Pedro de Heredia y remataban en el muelle de La Machina, sobre la bahía de Cartagena, en el sitio que ocupa la Base Naval.
Con la llegada del tren, Cartagena de Indias vivió días de auge. Los mercados se llenaban de productos frescos del interior, mientras el puerto despachaba mercancía hacia el extranjero a un ritmo acelerado. Los comerciantes celebraban la nueva era de la conectividad, que ya no dependía únicamente de los lentos barcos fluviales o las carreteras de tierra. Los habitantes de los pueblos cercanos podían ir y venir con facilidad, y el tren se convirtió en una arteria vital para el desarrollo de la región.
Pero como todas las historias que parecen prometedoras, también tuvo su declive. Con el paso de las décadas, la construcción de carreteras y la expansión del transporte terrestre hicieron que el tren fuera perdiendo relevancia. Los camiones, más rápidos y flexibles, comenzaron a reemplazar a las locomotoras en el transporte de mercancías, y los pasajeros encontraron en los buses una opción más económica y accesible.
En la década de 1950, el Ferrocarril de Cartagena empezó a languidecer, como un gigante cansado. Las estaciones se fueron vaciando, y el eco de los vagones retumbando en los rieles quedó como un susurro del pasado. Para 1960, el tren dejó de recorrer las vías de Cartagena, sellando el fin de una era que había prometido tanto. Las vías quedaron como cicatrices en la ciudad, símbolos de una modernidad que nunca llegó a concretarse del todo.
Hoy, caminar por donde alguna vez estuvieron los rieles es caminar entre recuerdos. Las estaciones han sido absorbidas por el crecimiento urbano, y solo algunas estructuras oxidadas recuerdan que alguna vez el tren fue parte del latido cotidiano de la ciudad. Los más viejos aún hablan de aquellos días con una mezcla de nostalgia y asombro, recordando cómo el tren traía consigo la promesa de un futuro mejor.
Cartagena de Indias, que hoy sigue siendo el puerto más importante del Caribe colombiano, se mueve al ritmo de sus calles y del turismo, pero en su memoria colectiva, el tren sigue siendo un símbolo de un pasado que quiso ser próspero. Esos rieles oxidados, enterrados bajo el polvo y el asfalto, siguen contándonos una historia de transformación, de esperanzas puestas en cada silbido que cruzaba la ciudad y se perdía en la distancia.
El tren de Cartagena ya no existe, pero su historia, como los recuerdos de los viejos ferroviarios y pasajeros, sigue presente, como una herida de hierro que el tiempo nunca borró del todo.




