Los adultos modernos no contemplan la posibilidad de envejecer; su objetivo es rejuvenecer como adultos. Era hora de que alguien abordara el tema de la longevidad con la seriedad y profesionalismo del Dr. Manuel Posso Zumárraga, abogado ecuatoriano y especialista en Política Pública, Seguridad Social y Derecho de los Adultos Mayores. Su análisis se centra en hombres y mujeres nacidos en las décadas de 1950 y 1960, quienes no tienen planes de envejecer.
El Dr. Posso nos presenta la sexalescencia como una nueva etapa de vida en la que, en lugar de distraerse con recuerdos pasados, hombres y mujeres deben enfocarse en aprender nuevas tecnologías, viajar, disfrutar de la vida y conocer personas que no se interesan en el chisme. Se trata de ser dueños de su destino, rechazando ser internados en ancianatos o casas de adultos mayores, que a menudo se limitan a imponer una rutina de rezos y aislamiento. Lo que antes se llamaba “asilo” ahora se disfraza de “Resort para el Adulto Mayor” o “hogar gerontológico”, términos que dejan mucho a la interpretación.
El término “sexagenario” adquiere diferentes matices, pero su esencia radica en que los adultos modernos no planean envejecer, sino rejuvenecer. Hombres y mujeres que han trabajado arduamente a lo largo de sus vidas buscan desafiar el estereotipo de ser “escaparates viejos”.
A menudo, los adultos mayores retroceden en su historia al convertirse en cuidadores de nietos, sobrinos y otros familiares, acompañándolos en paseos, centros comerciales o fiestas. Mientras ellos se esfuerzan por disfrutar de la juventud de sus seres queridos, muchas veces se encuentran cansados y relegados a un segundo plano. En eventos como quinceañeras, por ejemplo, pueden sentirse observados, casi como si fueran parte de un espectáculo, deseosos de bailar pero conscientes de que la atención recae en los más jóvenes.
Es fundamental que estos adultos disfruten de su tiempo libre y de nuevos escenarios de esparcimiento. Según el Dr. Posso, tras años de trabajo, crianza y desafíos, merecen la oportunidad de contemplar el mar con una mente despejada, lejos de las preocupaciones que afrontan los que recién comienzan su ciclo de crianza.
Sin embargo, para aquellos que no han logrado obtener su pensión de jubilación y no cuentan con un hogar propio, la realidad puede ser dura. Muchos se ven obligados a depender de sus nueras o yernos, lo que a menudo se traduce en tensiones y situaciones incómodas. La vida cotidiana puede volverse un ciclo de críticas y restricciones, donde la visita de la pareja de un nieto implica ser relegados a un rincón del hogar.
Los sexalescentes no son personas atrapadas en el tiempo; suelen estar satisfechos con su estado civil y, si no lo están, no sienten la necesidad de cambiarlo. No envidian las figuras atléticas de los jóvenes dedicados al gimnasio; simplemente rememoran su juventud sin pesar ni nostalgia.
Hoy en día, ya no se espera que los días finales se pasen en un asilo, frustrados y amargados en habitaciones inhóspitas, sin televisión ni música, y con visitas limitadas. Los sexalescentes dicen no a esta realidad. La calidad de vida de los longevos debe estar siempre en sus manos, no en las de otros.



