Recientemente, una mujer fue obligada a devolver 600 mil pesos a unos turistas extranjeros que habían sido estafados por un paseo en coche en el Centro Histórico de Cartagena. El hecho, que fue rápidamente atendido por las autoridades gracias a la denuncia de un ciudadano, deja en evidencia un problema que, aunque se presenta como aislado, refleja una preocupación recurrente: el abuso hacia los turistas y la falta de un control efectivo ante las estafas en las zonas más visitadas de la ciudad.
Si bien el accionar de las autoridades fue exitoso en este caso al ubicar y detener a la cochera, la situación deja varias interrogantes sobre la efectividad de las políticas públicas frente a una problemática más amplia. ¿Por qué esta mujer pudo cobrar tan desmesuradamente a los turistas sin ser interceptada previamente? La estafa de los 600 mil pesos, por un servicio que claramente no lo justificaba, no es un caso aislado. La ciudad ha sido testigo de un repunte de abusos de este tipo, desde el cobro excesivo por servicios en Playa Blanca hasta el engaño de comerciantes que aprovechan la ignorancia de los visitantes sobre los precios locales.
Este episodio revela una falta de prevención y control en una ciudad que vive del turismo. A pesar de los esfuerzos visibles de las autoridades por erradicar estos abusos, la intervención solo parece llegar cuando ya ha ocurrido el daño, dejando al turista estafado con la experiencia negativa de una ciudad que se presenta como moderna y segura, pero que es vulnerada por los mismos actores que deberían garantizar su seguridad y bienestar.
Además, la decisión de los turistas de no presentar cargos contra la estafadora, pese a la evidente transgresión, plantea otra reflexión: ¿están los turistas tan desinformados o tan desprotegidos que optan por no involucrarse en procedimientos judiciales? La facilidad con la que el caso se resolvió, en gran parte gracias a las disculpas de la cochera, podría estar contribuyendo a una sensación de impunidad, en la que los responsables de estos abusos no sufren consecuencias significativas por sus actos.
Aunque las autoridades insisten en que este tipo de operativos son parte de una estrategia más amplia para garantizar la seguridad de los turistas, la realidad muestra que la respuesta es reactiva y no preventiva. Los turistas siguen siendo víctimas fáciles de estafadores que operan en los sitios más visibles y transitados de la ciudad. Es fundamental que se tomen medidas más efectivas, no solo de control, sino de educación y sensibilización tanto para turistas como para quienes ofrecen los servicios, de manera que el abuso no se repita y no queden vacíos legales o de seguridad que favorezcan a los estafadores.
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Cartagena, una ciudad histórica y culturalmente rica, no puede permitirse seguir siendo un caldo de cultivo para el abuso al turista. La imagen de la ciudad y la confianza de quienes la visitan están en juego. Las autoridades tienen la responsabilidad de actuar con mayor contundencia para evitar que los turistas se conviertan en las víctimas fáciles de quienes buscan sacar provecho del desconocimiento ajeno. El tiempo de las soluciones superficiales ha quedado atrás; es momento de implementar medidas que aseguren que estos abusos sean erradicados de una vez por todas.



