El próximo año será preelectoral. Y no solo el segundo semestre, como es usual antes de las elecciones. Todo indica que los doce meses estarán concentrados en la preparación de la contienda electoral. Petro y sus aliados ya se alistan, conscientes de que, ante la ausencia de realizaciones, el fracaso de sus políticas y los crecientes escándalos de corrupción, solo les queda prepararse para los comicios. La ciudadanía y la oposición hacen lo mismo, desesperados por el mal gobierno y ansiosos por dejar atrás la pesadilla.
Ello explica la obsesión ciudadana con las encuestas sobre posibles candidatos presidenciales. Las encuestas no son sino la foto del momento y no sirven de predictores del futuro. Solo con una serie de encuestas sucesivas, bien hechas y cercanas a los comicios, es posible hacer vaticinios. Ahora, a año y medio de la primera vuelta, no son sino un ejercicio de entretenimiento.
Para empezar, preguntan por muchos personajes que hacen parte del mismo sector del espectro político, dispersando la opinión que en las elecciones votará por uno solo. Es lo que ocurre, por ejemplo, con los cinco precandidatos del Centro Democrático. Ninguno marca mucho en las encuestas ahora, pero sería un grave error menospreciarlos porque probablemente el que sea escogido como candidato de ese partido será uno de los punteros a principios de 2026.
Además, a tanto tiempo de las elecciones, las encuestas no miden intención de voto, sino reconocimiento. Marcan más los nombres más conocidos. Ejemplos contrapuestos, pero que explican lo dicho, son los de Hernández y Fajardo. El ingeniero no existía en las encuestas que se hacían por esta época en las elecciones pasadas, casi nadie lo conocía, y terminó a un pelo de ganar la presidencia. Fajardo, en cambio, ha encabezado encuestas tanto en 2017 como en 2021, como lo hace ahora, y cuando se acercan las elecciones, se va diluyendo hasta la irrelevancia.
Así, el nombre de quien será el candidato de la oposición es una preocupación prematura. Muy pronto para saberlo. Estamos muy lejos de las elecciones. En política, dieciocho meses son una eternidad. Los hechos irán depurando la larga lista de precandidatos y quedarán apenas unos pocos para fines del próximo año. Y el nombre del candidato solo lo sabremos en marzo de 2026, en las parlamentarias, cuando se haga la consulta interpartidista.
Porque quienes pretenden que haya candidato de unidad antes se equivocan. No será posible. Aunque habrá muchos menos aspirantes para fines de 2025, aún quedarán algunos en la liza. No solo es comprensible, sino legítimo que todos aquellos que crean que tienen serias posibilidades de triunfar permanezcan en el juego. Lo importante, por tanto, no es que a fines del próximo año haya un candidato único, sino que para entonces todos los aspirantes a serlo hayan aceptado unas reglas de juego para escogerlo.
Porque candidato único debe haber. Y no solo porque la unidad de los demócratas es fundamental para la reconstrucción del país en el próximo gobierno, como sostuve en mi pasada columna. También es necesaria para derrotar al petrismo. Me atrevo a afirmar que ganará cualquiera que llegue a segunda vuelta a enfrentar al candidato petrista.
El voto contra Petro y sus aliados será masivo. Pero, por un lado, el candidato de unidad es indispensable para que el fraccionamiento de la oposición no ocasione que la segunda vuelta sea entre Claudia López y el candidato de Petro, un indeseable escenario en el cual elegiríamos a Claudia con tal de que los de Petro no sigan. Por otro lado, el candidato de unidad es imprescindible para derrotar a Claudia en segunda vuelta, si hubiera que enfrentarla a ella. Ese escenario sería mucho más competido que el de enfrentar en segunda vuelta al de Petro, porque no tengo duda de que el petrismo votaría masivamente con Claudia contra el candidato de la oposición. Así que, para que la oposición tenga opciones en 2026, necesita unidad, tanto para entrar a la segunda vuelta como para derrotar a Claudia.
Dirán que estoy dando por cierto que los candidatos a derrotar por la oposición son el de Petro y Claudia. Es así, al menos ahora. Aunque a Petro no le será fácil endosar su capital a ninguno de quienes hoy suenan en el petrismo, todos minúsculos, asumo que, salvo una mayor debacle socioeconómica en 2025, conseguirá entre el 20 % y el 30 % de los votos en primera. Y Claudia, que ahora tiene el desafío de desmarcarse del apoyo que dio a Petro y de conseguir partido (se supone que renunció a los Verdes, pero…), podría estar en el orden del 15 % al 25 %. Si la oposición, incluyo acá a Fajardo, llega dividida a la primera vuelta, con más de dos candidatos fuertes, corre el riesgo de que pasen Claudia y el candidato de Petro.
En fin, la consulta es una necesidad. Y deberá ser en marzo porque hacerla antes es una pésima idea política (recordar la consulta liberal que hundió a De la Calle), porque hacerla en las parlamentarias impulsa las listas de Congreso de los partidos participantes y porque permite reposición de votos, clave para la financiación de la campaña.



