En un nuevo episodio de violencia que sacude a la ciudad, un sicario acabó con la vida de Miguel Ángel Torres Bustamante, de 50 años, en la terraza de su vivienda, ubicada en el barrio San Pedro y Libertad, una zona del nororiente cartagenero. Según el reporte preliminar de la Policía Metropolitana, un hombre armado se acercó sin previo aviso y disparó en múltiples ocasiones, dejando al hombre gravemente herido. Las autoridades confirmaron que las heridas fueron fatales y que la víctima falleció en el lugar de los hechos.
Este asesinato se enmarca dentro de una preocupante escalada de violencia en Cartagena, que ya registra 20 homicidios en diciembre, lo que refleja la persistente inseguridad que aqueja a la ciudad.
Las autoridades han destacado que el occiso tenía antecedentes judiciales, con registros por delitos como tráfico de estupefacientes, porte ilegal de armas y fuga de presos. Sin embargo, estos antecedentes no deben desviar la atención del problema estructural de seguridad que atraviesa la ciudad, donde la muerte violenta parece ser una constante que crece sin freno.
El barrio San Pedro y Libertad, junto a otras zonas cercanas como Torices, se encuentran en el epicentro de una disputa por el control de territorios, lo que se ha traducido en una serie de crímenes violentos ejecutados por sicarios al servicio de bandas criminales. El modus operandi de estos crímenes es el mismo: un ataque rápido, letal y sin piedad.
La Policía, en coordinación con la Fiscalía, ha prometido investigar el caso y capturar al responsable, pero la eficacia de estas acciones sigue siendo cuestionada, dado el aumento constante de hechos violentos en la ciudad.
Cartagena, que ha sido durante años un destino turístico internacional, hoy enfrenta una creciente crisis de seguridad. La sensación de impunidad persiste entre los habitantes. No basta con las promesas de justicia si la estrategia para combatir el crimen no se ajusta a las realidades del terreno.



